ENTREVISTA A CARLOS MARÍA ALSINA

Es tucumano y uno de los dramaturgos argentinos más destacados fuera de su país. Hoy vive entre Europa y Tucumán, adonde regresó recientemente para desarrollar un proyecto de teatro independiente. “Nadie puede salir de un hecho artístico igual que como llegó”, sentencia. Y define al teatrista como un “arqueólogo del presente”, alguien que acompaña con su mirada las contradicciones históricas de la sociedad. Por Mónica Cazón para LA GACETA – Tucumán.

 – Parte de su vida transcurre en Europa ¿Regresar a las raíces, a pesar de las infinitas dificultades, es un asunto cardinal en su profesión? ¿Se define como un hombre coherente?
– Sí, regresar es un asunto de fundamental importancia para mí. La Argentina, y en particular Tucumán, me nutren. Tal vez por sus contradicciones profundas, por la exageración de los opuestos, como es el caso de nuestra provincia. No soy un médico que opera el cuerpo humano en modo similar en cualquier lugar del mundo. Yo trato de operar un cuerpo social con sus conflictos y enfrentamientos. No se trata ni de chauvinismo ni de cholulismo. Trato de ejercer una mirada crítica siempre; como un modo de no perder silenciosamente la ética. Desde ese punto de vista puedo decir con dignidad que trato de ser coherente.

– Su obra como actor, dramaturgo, director y docente es particularmente extensa. ¿Cuál de estas actividades le produce mayor placer?
– Me da mucho placer escribir teatro. Es la actividad que me permite una mayor libertad expresiva. También dirigir. Allí comparto momentos creativos con otros seres humanos: actores, escenógrafos, técnicos, etcétera. Y el hecho de poder conjugar la creatividad de todos para intentar una síntesis -que debe encontrarse y ese es mi rol- sin enajenar a los participantes durante la construcción de ese hecho colectivo, que es el teatro, me provoca también un inmenso placer. Creo que dirijo bien cuando no se nota que he dirigido.

– ¿Está de acuerdo en que la poética brechtiana es la más influyente en su obra?
– Brecht ha influido mucho en mi trabajo. Quizás porque muy joven, en Berlín, estudié unos meses en su teatro, el Berliner Ensamble, poco tiempo antes de la caída del Muro. Creo que también influyeron otros autores: Eduardo De Filippo, Beckett, Fo y mucho Chejov y Tennessee Williams. De los autores argentinos no podría dejar de nombrar la gran influencia de Discépolo y de Cossa. De todos modos, creo que es bueno deglutir todo lo que es útil y hacer la propia digestión.

– ¿Considera que ya escribió su mejor obra?  Chejov se burla de la voz de la calle al escribir. ¿Opina lo mismo?
– A mí me gusta el teatro que no apela a efectos exteriores, que no necesita de “humo”, ni de climas “especiales” para llegar al espectador. Lo más difícil es escribir con sencillez, y en ese sentido admiro a Chejov porque es capaz de trasmitir los más profundos conflictos humanos con la simplicidad de una palabra que no siempre expresa al sentimiento. Es más, lo enmascara y sirve como fuga.  Allí radica su genialidad. No sé si ya escribí mi mejor obra. Espero que no. Trato, técnicamente, de equivocarme menos. Ahora… quién sabe lo que iré encontrando en este mundo sin rumbo que cada vez nos duele más.

– Lola Proaño-Gómez habla sobre la hibridación cultural y la desaparición del teatro político latinoamericano. ¿El teatro se ha dejado influir por la globalización?
– La globalización es un fenómeno muy contradictorio a pesar que tiende a unificar los modelos culturales. La lucha cultural existe a pesar de la globalización y como su consecuencia, como un modo de resistencia, absolutamente necesaria. La riqueza está en la diversidad, no en la uniformidad. No pienso que haya desaparecido -intensa palabra- el teatro político latinoamericano. Me parece que, como todo, va cambiando, va adaptándose a los nuevos momentos históricos y encontrando nuevas formas expresivas. El teatro siempre es político, como toda actividad humana. Como diría Shakespeare: “Nos pasamos la vida reptando entre el cielo y la tierra”. ¿Hay algo más profundamente político que esa frase?

-¿Considera que en la actualidad podría readaptarse La Guerra de la Basura? Cuéntenos sobre su última obra, Dakar Eslovenia Tucumán (Un pasaje al Paraíso).
– La Guerra de la Basura (1999) fue un texto escrito para tomar una posición, desde lo artístico, ante la posibilidad de una continuidad política del proyecto autoritario bussista en Tucumán. Se asemeja a La resistible ascensión de Arturo Ui, de Brecht, y sirvió para marcar una divisoria de aguas que, creo, hasta hoy existe en el campo cultural de Tucumán.

No creo, sin embargo, que sea éste el momento de una readaptación de ese texto.  Limpieza (1984), la obra sobre la expulsión de los mendigos a Catamarca, sí creo que puede ser repuesta en cualquier momento. Tanto es así que acaba de ser puesta en escena, a fines de octubre, por la Comedia de Buenos Aires, en La Plata. Dakar Eslovenia Tucumán (Un pasaje al Paraíso), de 2011, es un grotesco tucumano muy divertido que parte de un hecho real: el extravío, en el último Rally Dakar Argentina Chile, de un piloto de motos esloveno en un barrio de la periferia de nuestra ciudad. Tomé ese hecho como punto de partida para reflexionar sobre nosotros, sobre la guerra de todos contra todos, sobre la traición y la desconfianza. Se trata de un tríptico que escribí sin darme cuenta y que comienza con La conspiración de los verdaderos dioses (2006), continúa con Ceguera de Luz (2010) y ahora, creo, se completa con esta obra actualmente en cartel.

– Izquierda y derecha fueron por mucho tiempo el enfrentamiento entre el teatro elitista versus el popular. ¿Esto es así en Argentina, en su provincia, en el mundo?
– Para mí es una falsa antinomia. El teatro debe ser para todas las personas sin que ello signifique bajar un milímetro el nivel artístico del trabajo. Creo que hubo un tipo de teatro que fue apropiado por las clases dirigentes, y por ello considerado “elitista”, y otro que se destinó “a lo popular” como si esto fuera de Clase B. Creo que todas las personas tienen que tener el derecho de acceder a las más grandes creaciones del alma humana. Escuchar a Bach y ver a Shakespeare, por ejemplo. Y también asistir a un excelente sainete. La verdadera contradicción es entre cultura crítica contra cultura a-crítica. El arte debe desequilibrar. Nadie puede salir de un hecho artístico igual que como llegó. Por ello defino al teatrista como un “arqueólogo del presente”. Alguien que exhuma la realidad escondida aquí y ahora y la hace ver, en el escenario, bajo otra luz.

– ¿La escritura, la dirección y la actuación gozan de buena salud en Tucumán?
– Creo que sí. Me parece que hay una generación de dramaturgos más jóvenes que están produciendo mucho y bien en Tucumán. Hay poéticas muy variadas y eso es muy bueno. Pasa lo mismo en la dirección y en la actuación. Me parece que el nivel va subiendo cada vez más y que eso nos coloca en un lugar muy importante de las artes escénicas argentinas. Tal vez sea necesario creer más en nosotros mismos y re-conocernos como lo que somos: simples hacedores que acompañan, desde la mirada artística, el camino de las contradicciones que marcan la historia de nuestra comunidad. © LA GACETA

 

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