ISABEL MUÑOZ

Una de nuestras más grandes y personales fotógrafas, Isabel Muñoz, se quita sus máscaras y nos habla de sus principales obsesiones: “la vida, la muerte, el cuerpo, la danza, nuestros miedos, nuestras corazas, la identidad, la ambigüedad, la sensualidad, el erotismo, la magia”.

RAFA RUIZ

A partir de su exposición Eros y Ritos, en la galería Fernández-Braso de Madrid (dentro de PHE13), me cita en su impresionante estudio y nos regala a todos los seguidores de El Asombrario estas imágenes apenas vistas de su viaje a Papúa-Nueva Guinea (hubo una muestra en la galería Blanca Berlín). Y nos habla de los cuatro temas que, revelándolos, le desvelan: los/as hijras de la India, las ñatitas de Bolivia, la homosexualidad y los pueblos indígenas oceánicos; cuatro temas cargados de rebeldía y energía cruzada. Como a ella le gustan.

“El tema de los eunucos de la India me fascinó desde pequeña… Con todos sus prejuicios. Es un mundo mucho más complejo que la visión que Occidente ha tenido de ellos. Se trata de una de las expresiones más auténticas del tercer sexo. Fue un viaje mágico. Estuvimos en Gujarat. Es un trabajo no terminado, quiero volver. Los/as hijras guardan una connotación espiritual muy grande, pues tienen el poder de bendecir y de maldecir. De hecho, les llaman para bendecir bodas y bautizos. Van invitados y tienes que quedar bien con ellos, para que no te maldigan… Quiero volver, porque cuando ya los conoces, y te han aceptado, necesitas profundizar más y más en su mundo, que produce en la sociedad india una mezcla de vergüenza y de miedo”.

“En España, estoy trabajando en un homenaje a toda la gente que en la época de Franco sufrió la ley de vagos y maleantes. Son retratos con imágenes muy ambiguas, parejas de gays y lesbianas. Es un homenaje y la declaración más absoluta que puedo hacer a favor del derecho a que cada uno elijamos nuestra forma de amar con toda libertad. En muchos países lo siguen prohibiendo, poniendo pegas, condenándolo, ahí están Irán y Rusia. Y, por favor, ya basta, a ver si ya se enteran de que en las culturas más ancestrales está muy instalada la idea de la ambigüedad, que en los pueblos más primitivos, los hombres disfrutan con hombres, que en los ritos de paso a la madurez, de iniciación a la edad adulta, hay mucho de esa relación de hombres con hombres”.

“Bolivia se ha convertido últimamente en otra de mis obsesiones. He descubierto un país maravilloso. Cuando llegué al altiplano, a 4.000 metros de altitud, con esa luz espectacular, las mujeres con sus polleras, lo viví como un regalo. Y sobre todo me tienen atrapada las ñatitas (calaveritas), esa tradición de creer que toda la energía se guarda en el cerebro, que cuando dejamos este mundo, todo queda en el cerebro, y más si la muerte ha sido violenta. Adoran esas ñatitas, las tienen en casa, en sus altares, les dan de fumar, les dan coca. Y así poseen la energía de la persona a la que perteneció. Son como relicarios. Las tienes que cuidar. He hecho el retrato de la sociedad boliviana a través de las ñatitas. Les he fotografiado a ellas solas, con sus poderes, en sus altarcitos, y a ellas con sus dueños y en procesión, todas engalanadas, al cementerio, cada 8 de noviembre”.

“Y, por último, Papúa-Nueva Guinea. Quiero volver, antes de que desaparezcan sus ritos, que están en verdadero peligro, porque son pueblos que viven en territorios muy ricos en minerales, en petróleo, y los depredadores, los poderosos, quieren ese suelo, y los indígenas les estorban, les sobran. Están haciendo un genocidio tremendo. Estuve en la zona de Simbai. Ellos son bastante impenetrables. Son como pájaros. Allí viven las aves más bellas que puedas haber visto en tu vida. Y ese viaje me confirmó la idea de que los pueblos imitan la naturaleza que les rodea. El ser humano imita la naturaleza. En Etiopía, otra de esas regiones que me fascinan y a las que quiero regresar una y otra vez, la gente imita a los animales que habitan con ellos, las jirafas, las cebras, andan como ellos, se mueven con la misma elegancia. Y en Papúa-Nueva Guinea, como lo que hay allí son las aves más maravillosas, se visten y andan como ellas, miran como los pájaros, se decoran con sus plumas. No es esa mirada de orgullo, de ‘no me vas a poseer nunca’, no es esa mirada de superioridad que siempre detecté en Etiopía. Aquí no. Es más una mirada inquisitiva, de pregunta. De curiosidad… Y son cuerpos muy ambiguos, que ya sabes que es lo que a mí me atrae especialmente. Ese culo es de hombre, pero es un culo muy ambiguo. Y mira qué espalda, qué labios, qué piel, es como bronce”.

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