POR MARIANO GAVIRA/clarín

Ya es casi imposible pagar por una docena de medialunas menos de $ 30. Y resulta más barato hacer un asado con ensalada para cuatro personas que una raviolada con tuco, pan y queso rallado.

El desayuno con facturas y la raviolada del domingo, dos clásicos de la buena mesa argentina, se hallan en peligro de extinción. Ir a una panadería o a una fábrica de pastas se ha convertido en un lujo de alto costo que cada vez menos familias se pueden dar.

En las últimas semanas, los aumentos de la harina (relacionados con la magra cosecha de trigo 2012)terminaron provocando que, por ejemplo, una medialuna de manteca pueda llegar a costar seis pesos, es decir, más que un viaje desde Parque Patricios hasta Palermo. Ni hablar de una docena de facturas. Es casi imposible encontrarla por menos de $30, y hay locales donde se vende a $45.

Cañoncitos, vigilantes y tortitas negras solían ser reyes y reinas de las panaderías hasta hace un tiempo. Pero los comerciantes admiten que, si bien no lo tienen medido en porcentajes, las ventas vienen cayendo sin pausa. Como consecuencia, muchos de estos negocios se están reciclando como casas de comida o rotiserías para buscarle alternativas al problema.

Calle Pichincha al 500. El ejemplo es clarísimo. El comercio que atiende Nancy llama la atención por sus impactantes sándwiches de milanesa completos a $24. Hace un mes, cuenta la comerciante, no vendía ese tipo de comidas: “Lo hicimos para no perder la rentabilidad. Antes vendíamos sólo pan y facturas, pero con el aumento de la harina ahora tenemos también milanesas y empanadas”.

En el barrio de Pompeya, Araceli Micussi atiende hace siete años su panadería llamada “La esperanza”. Y se aferra, justamente, a no perder las esperanzas cuando habla de las ventas: “En febrero pagaba la bolsa de 50 kilos de harina $115. A hora la pago a $265. Así es muy difícil, a veces al finalizar la jornada tengo que tirar entre dos y tres docenas de facturas porque nadie las compra”.

En Córdoba y Scalabrini Ortíz la docena se vende a $45, aunque la semana pasada costaba $36. Su dueño intenta buscar una explicación: “Las facturas no se hacen sólo con harina, agua, azúcar y manteca. Nosotros tenemos que pagarles también a los empleados y además pagar el alquiler del local, más todos los servicios como la luz y el gas. No es fácil”, explica quien prefiere no revelar su nombre.

En las casas de pastas también se está sintiendo el impacto del aumento. La plancha de ravioles simples (48 unidades)llega a cotizarse $22, mientras que en las carnicerías se puede conseguir el kilo de asado a $ 36. Así, en un cálculo aproximado para una familia tipo, una raviolada con salsa, queso rallado y pan cuesta $133. Para esa misma familia comer un asado con una ensalada de lechuga y tomate podría costar $ 100.

Dicran Kirissikian, 40 años de experiencia en el mundo de los fideos, ñoquis y sorrentinos, local en Boedo, resume este momento con una frase que hace meses no escucha: “Antes la gente venía y compraba de sobra. ‘Más vale que sobre y no que falte’, decían. Ahora si falta un poco y alguno se queda con hambre, no pasa nada”. Alicia, que trabaja en una fábrica de pastas del barrio de Once, concuerda con su colega y admite la caída en las ventas “porque todo aumenta”.

Hace unos años, allá por el 2007, fue el tomate el protagonista. Luego vino el turno de la papa. La lechuga, los limones y las carnes también tuvieron su momento. Ahora los harinados. Que pase el que sigue.

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