Ha sido un día de rechazo a los islamistas, o de homenaje al Ejército. En cualquier caso, la de este domingo fue una jornada en la que las multitudes volvieron a varias decenas de miles a la plaza de Tahrir a confirmar que el golpe de Estado del miércoles obedeció a su voluntad y a tratar de dotar al nuevo Gobierno de transición de la legitimidad que sólo una demostración de fuerza en las calles le podría brindar. “¡No es un golpe!”, rugían los manifestantes. Mientras, los generales les regalaban todo un desfile aéreo digno del día de la patria, con decenas de cazas pintando en el cielo a ratos corazones, a ratos los colores de la bandera de Egipto.

Cuatro días después del golpe de Estado, el movimiento popular Tamarrod (en árabe, Rebélate), que instigó las protestas multitudinarias que propiciaron la caída de Mohamed Morsi, convocó a sus simpatizantes a demostrar su gratitud a las fuerzas armadas en las calles. La icónica plaza de Tahrir, epicentro de protestas, quedó tan llena como en los mejores días de la revuelta de 2011, bullendo con cánticos, banderas egipcias y fuegos artificiales. El tumulto solo crecía cuando un helicóptero militar sobrevolaba lentamente a los congregados. “¡Gracias!”, gritaban los manifestantes, extasiados y convertidos en admiradores de las fuerzas armadas y su flamante golpe de Estado.

“Ya estábamos cansados de ser gobernados por islamistas, radicales y terroristas. No queremos a más salafistas ni a hermanos musulmanes en el Gobierno. Queremos libertad”, exclamaba Neemat Hadid, de 63 años. “El islam es algo que se debe llevar en el corazón, no se debe imponer desde el poder. Y a Estados Unidos sólo le puedo decir que si le gustan tanto los terroristas, que se los lleve a su país, que se quede con todos ellos”, decía, mientras mostraba una foto con la cara tachada de la embajadora norteamericana en El Cairo, Anne Patterson.

Era una sensación generalizada este domingo en Tahrir. Varios carteles mostraban la cara tachada de Barack Obama. Otros exhibían la faz del presidente norteamericano con una barba propia de los islamistas, junto al lema: “Mensaje a EE UU, Obama apoya a los terroristas del 11-S”. Consideran los partidarios del golpe que la Casa Blanca no les ha apoyado lo suficiente en su búsqueda de libertad y valores seculares que gobiernen la nación. Mientras, aclamaban a un Ejército que recibe anualmente unos 1.300 millones de dólares de ayudas norteamericanas en concepto de defensa.

Los islamistas tomaron también las calles este domingo, sobre todo en su feudo de Ciudad Nasser, en el entorno de la mezquita de Raba al Adawiya. Quedaba patente la profunda división del país tras el golpe. “¡Fraude!”, gritaban las masas enfurecidas partidarias de Morsi. Si Tahrir bullía de alegría, aquellos manifestantes ardían de rabia, agitando al aire fotos de Morsi y copias del Corán.

“La legitimidad está de nuestro lado”, decía en esa concentración Salim Abdel Gani, uno de los sabios de Al Azar, la más prestigiosa institución islámica suní. “Nosotros somos los que defendemos la honorabilidad de Egipto, su democracia, sus valores, porque el doctor Morsi fue elegido por las urnas en un proceso justo y transparente. El golpe ha acallado nuestros votos y nuestra voz. Pero permaneceremos en la calle hasta que se haga justicia, hasta que el doctor Morsi sea devuelto a la presidencia”.

EL PAÍS

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