CAÑADÓN MISIONERO, Puerto Santa Cruz.- Aquí el río Santa Cruz, después de recorrer 380 kilómetros, empieza su desembocadura final en el mar. Hasta este lugar llegaron cinco mujeres, de 46 a 68 años, luego de cumplir una travesía a caballo de 327 kilómetros que se extendió durante 13 días desde las nacientes del río en el Lago Argentino. Una aventura que comenzó como un sueño y dejó un ejemplo con varios mensajes de protección del medio ambiente.
Demostrar que la edad no es una barrera, que la amistad no conoce límites, que el amor fraternal acompaña adónde sea, que los campos están abandonados y desiertos y que las represas hidroeléctricas sobre el río imprimirán un cambio irreversible al medio ambiente. Esas consignas impulsaron a estas cinco mujeres a emprender el recorrido, con la compañía y la guía de un baquiano.

Todo empezó con el sueño de Mónica Cepernic, de 66 años, una ex jueza de paz de El Chaltén y la hija del ex gobernador Jorge Cepernic, cuyo nombre llevará una de las represas sobre el río Santa Cruz. Hace años que quería hacer la travesía, pero la logística le llevó tiempo: su sobrina y tres amigas fueron las que finalmente se animaron a la partida.
El objetivo era recorrer la vera del río Santa Cruz, para admirar su belleza antes de que sea modificado por las represas hidroeléctricas.

“Yo quería ver al río Santa Cruz en su estado natural, antes de que lo hagan perversamente bolsa”, relata Mónica a LA NACION minutos después de bajarse del caballo por última vez. Y también cumplir con un deseo íntimo: “Las cenizas de mis padres fueron esparcidas aquí y era un modo de acompañarlos hasta su desembocadura”.
La aventura fue a caballo, durmieron en puestos de estancia, en una casilla rodante a la intemperie, según como fuera llegando el anochecer. Cabalgaban hasta ocho horas por día por terrenos imposibles por la desertificación y la sequedad. Se guiaban por el curso del río.

“Sin un equipo no sos nadie”, dice Mónica. Y agradece así a su hermano Marcelo, que junto a su esposa Ana Vivanco cada día desandaban kilómetros a través de los campos para ubicarlas y acercarles provisiones para ellas y los caballos. Encontrarse sin señal de teléfono fue uno de los desafíos más duros para vencer. Eso, y los vientos intensos que arreciaron las jornadas de cabalgata.

El grupo de mujeres estaba integrado por Marcela Cepernic, de 46 años, docente de El Chaltén y sobrina de Mónica; Nélida Paz Suárez de Pejcovic, de 59, propietaria junto a su esposo de la estancia Catalina en las cercanías de El Calafate; Blanca Luz del Río, de 68, productora artesanal de cerveza, y Angélica Sánchez, de 56.

En la expedición atravesaron los campos de Lázaro Báez, el sitio donde se levantarán las represas, y también las estancias de Pérez Companc, las únicas que con tecnología de avanzada aprovecharon el río para lograr círculos verdes de pasturas que se ven, incluso en las imágenes satelitales.

El enorme contraste con el resto de la Patagonia desertificada fue para todas una de las postales más conmovedoras.

Preocupaciones

Las futuras represas que cambiarán el perfil del río fue el tema que atravesó las charlas de toda la expedición.

Marcela Cepernic se lamenta por el estado de los campos. “Acá tengo sentimientos encontrados porque en algún momento las represas fueron el sueño de mi abuelo [Jorge Cepernic] cuando quería que la provincia de Santa Cruz se autoabasteciera de energía, y no había problemas ambientales, ni la corrupción que hay ahora. Hoy, ver que las obras le quitaran el poco acceso al agua a los campesinos, que no son estancieros de La Pampa húmeda, el deterioro ambiental que generan y que el recurso que tenemos quede en manos de otros, da mucha tristeza”.

En esa misma línea se expresa Nélida Paz Suárez de Pejcovic. Para ella, si bien no está en contra de la obra reclamó por los perjuicios que le ocasionan la ley provincial 3389, que dejó a más de 40 estancieros ribereños sin acceso al río, piden que se deje sin efecto la controvertida norma.

Se cruzaron con poca gente a lo largo de la travesía para la que contaron con la guía del baquiano Claudio Warning de Tres Lagos. Después de 13 jornadas de cabalgata llegaron sofocadas por el inusitado calor patagónico entonando al estilo mariachi: “No hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”.

Amigos, hijos y esposos las esperaban al final de la travesía. Hubo abrazos y emoción en el reencuentro. Sobre todo para la mayor “pero no la más vieja”, según aclara Blanca del Río. Sabe de caballos. Esta mujer pampeana de 68 años hace 20 años eligió El Chaltén para instalar una cervecería artesanal. Hoy reparte su vida entre la localidad cordillerana y la provincia de La Pampa.

Otra de las “viajeras”, Angélica Sánchez, vive en Pico Truncado y trabaja en una radio. Ella tenía un desafío personal: quería bañarse en las correntosas aguas del río. Y lo hizo, viajó con su traje de neopreno y cada día desafío las heladas aguas. “Quería ver el río, que será sin dudas, un antes y un después de las represas”, afirma con emoción.

¿Y ahora, cuál va a ser el próximo desafío?, preguntó LA NACION a Mónica Cepernic. “Tuvimos 13 días para pensarlo”, respondió con un guiño, pero no dio más detalles. Aunque a partir de este día, nada les parece imposible a estas cinco mujeres.

Un proyecto a la espera de definiciones

EL CALAFATE.- Desde el 21 de diciembre pasado, por orden de la Corte Suprema de Justicia todas las obras de las represas hidroeléctricas sobre el río Santa Cruz están suspendidas. Ya estaban paralizadas desde hacía un año, cuando con el cambio de gobierno, el proyecto fue revisado y reformulado.

La Corte dio lugar a los reclamos de ambientalistas que advertían sobre el impacto que las futuras obras tendrían sobre los glaciares. Por unanimidad, los jueces recomendaron que antes de avanzar con las obras sobre el río se cumplan con los estudios de impacto ambiental previstos por la ley de recursos hídricos.

El fallo de la Corte autoriza a avanzar sólo con tareas secundarias, como la construcción de caminos de acceso y de villas temporarias, y la realización de obras de sondeos geotécnicos.

 

fuente LA NACIÓN

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