31 octubre, 2020

FM Cosmos

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Llega “Inferno”, la última novela del autor de “El código Da Vinci”

A continuación, algunos de los fragmentos de la obra, que juega con elementos de “La Divina Comedia”, de Dante.
 Los recuerdos comenzaron a tomar forma lentamente, como burbujas emergiendo a la superficie desde la oscuridad de un pozo sin fondo.

“Una mujer cubierta con un velo.” Robert Langdon la contemplaba desde el otro lado de un río cuyas turbulentas aguas estaban teñidas de sangre. En la orilla opuesta, la mujer permanecía de pie, inmóvil, solemne y con el rostro oculto por un velo. (…) El olor a muerte se extendía por todas partes.

“Busca —susurró la mujer—. Y hallarás.” Langdon escuchó las palabras como si las hubieran pronunciado en el interior de su cabeza.

—¡¿Quién eres?! —exclamó, pero su boca no emitió sonido alguno.

“El tiempo se está agotando —susurró ella—. Busca y hallarás.” Langdon dio un paso hacia el río pero advirtió que, además de estar teñidas de sangre, sus aguas eran demasiado profundas. Cuando volvió a alzar la mirada, los cuerpos que había a los pies de la mujer se habían multiplicado. Ahora había cientos, miles quizá. Algunos todavía estaban vivos y se retorcían agonizantes mientras sufrían muertes terribles e impensables… Consumidos por el fuego, enterrados en heces, devorándose los unos a los otros. Desde la otra orilla del río, Langdon podía oír sus gritos de sufrimiento.

La mujer dio un paso hacia él y extendió sus delgadas manos como si le pidiera ayuda.

—¡¿Quién eres?! —volvió a gritar Langdon.

A modo de respuesta, la mujer fue retirando poco a poco el velo de su rostro. Era increíblemente hermosa y, sin embargo, también mayor de lo que él había imaginado. Debía de tener más de sesenta años, pero su aspecto era majestuoso y fuerte, como el de una estatua atemporal. Tenía una mandíbula poderosa, unos ojos profundos y conmovedores, y un cabello largo y plateado cuyos tirabuzones le caían sobre los hombros. De su cuello colgaba un amuleto de lapislázuli con una serpiente enroscada alrededor de un bastón.

Langdon tuvo la sensación de que la conocía… y de que confiaba en ella. “Pero ¿cómo?, ¿por qué?” Ella le señaló unas piernas que salían de la tierra y que pertenecían a algún pobre desgraciado que había sido enterrado boca abajo hasta la cintura. En el pálido muslo del hombre se podía ver una letra escrita en barro: “R.” “¿Erre? —pensó Langdon, confundido—. De ¿Robert?” —Ése soy ¿yo?

El rostro de la mujer permaneció impasible. “Busca y hallarás”, repitió.

De repente, comenzó a irradiar una luz blanca, cada vez más y más brillante. Todo su cuerpo comenzó a vibrar intensamente hasta que, con el rugido de un trueno, estalló en mil astillas de luz.

Langdon se despertó gritando.

Estaba en una habitación que tenía la luz encendida. Solo. Olía a alcohol medicinal y, en algún lugar, una máquina emitía un silbido al ritmo de su corazón. Intentó mover el brazo derecho, pero un dolor punzante se lo impidió. Bajó la mirada y descubrió que una vía intravenosa colgaba de su antebrazo.

Se le aceleró el pulso, y el silbido de las máquinas también se avivó.

“¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?” Langdon sentía un dolor intenso en la parte posterior de la cabeza.

Con cuidado, levantó el brazo libre y se tocó el cuero cabelludo para intentar localizar su origen.

Bajo el pelo pegoteado notó las protuberancias de una docena o más de puntos recubiertos de sangre seca.

Cerró los ojos e intentó recordar el accidente.

Nada. Completamente en blanco.

……….

En un mar de torres y cúpulas, una fachada iluminada dominaba el campo de visión de Langdon. El edificio era una imponente fortaleza de piedra, con un parapeto dentado (…) que se elevaba hasta los noventa metros de altura.

Langdon se incorporó de golpe, lo cual provocó una explosión de dolor en su cabeza. Haciendo caso omiso al suplicio que sentía, se quedó mirando la torre.

Conocía bien esa estructura medieval.

Era única en el mundo.

Lamentablemente, también se encontraba a seis mil quinientos kilómetros de Massachusetts.

clarín

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