La entrada del Louvre, desierta por las medidas de seguridad foto: Reuters Reinhard Krause
La entrada del Louvre, desierta por las medidas de seguridad foto: Reuters Reinhard Krause

PARÍS.- La arcilla desparramada en la vereda no terminó de absorber la sangre frente a la pizzería Casa Nostra. A través de la vidriera agujerada se ve una mesa con dos copas de vino a medio tomar, intacta entre un revoltijo de sillas caídas. Suenan sirenas que rompen un susurro inverosímil entre un centenar de personas que recorren como hipnotizadas uno de los escenarios de la masacre, muy cerca de la Plaza de la República.
«¿Quién puede querer matar así, sin sentido, con semejante frialdad?», dice Melanie Gillette, de 24 años. Los parisienses responden con preguntas retóricas. No encuentran explicaciones a las muertes, casi todos jóvenes que habían salido a divertirse. Caminan como extraviados en una ciudad despoblada.

«Ni siquiera puedo odiarlos», agrega Melanie. Llora cuando recuerda el estruendo repetitivo del fusil y la calma desafiante con que el asesino se subió al auto antes de escapar del infierno que acababa de desencadenar.
Anteayer, los estallidos habían desatado un pánico asfixiante. El sábado lo aterrador era el silencio. París con los bares vacíos, las terrazas acristaladas clausuradas, sin teatros ni cines ni museos, patrullada por militares con el dedo en el gatillo.

Para ver aglomeraciones hay que ir a los sitios de la masacre. Redundante: vidrios astillados, rastros de sangre y gente que mira con la mano en la boca. A lo largo del día crecieron altares de flores y velitas, mensajes de esperanza o apenas papeles con el nombre que alguien extraña.

La excepción es el Bataclán, donde cayeron más de 80 personas durante un concierto de rock. La policía puso vallas a 50 metros del edificio. Ayer seguían sacando cuerpos, aunque una lona blanca ocultaba el trabajo de los forenses. Cada tanto salía alguien en shock, después de reconocer un familiar.

«No pude dormir. Pasé la noche con unos vecinos, comentando lo que habíamos visto, para creérnoslo», dice Louis Armand, 32 años, que vive a una cuadra del Bataclán. Al mediodía seguía allí, sin saber bien por qué.

Lo acompañaba Marie, su novia. «Alguien tiene que parar esta locura. ¿Cuándo será la próxima?» Se quiebra. Nunca había visto morir una persona delante de ella. El viernes perdió la cuenta de cuántos fueron.

Casa Nostra queda a tres minutos a pie. En diagonal está el café Bonne Biere y su vidriera agujereada por 14 balazos. Al lado, un hostel, y después una lavandería con la puerta volada a balazos. Pierre, un senegalés de dos metros, mira hacia la pizzería. Le tiemblan las manos. «A su hermano lo asesinaron allí», explica Elliott Ballard, que vive enfrente y le bajó un café al hombre que acaba de conocer.

«Vi todo desde la ventana. Cuerpos desparramados y gritos desgarradores de chicos que perdían sangre -continua-. Es cierto que la vida continúa, que algunos tuvimos suerte, pero quisiera poder entender. ¿Cómo vivir en paz si esto te puede pasar en cualquier lugar, de la nada?» Cinco personas cayeron en esa esquina.

Doblando por la calle Bichat, 300 metros más adelante, más horror. A un lado, el bar Carillon; al otro Le Petit Cambodge. «Duró 30, 40 segundos. Estábamos viendo el partido de la selección cuando empezaron los tiros», cuenta Madeleine V., que vive, pegada al Carillon. Cuando paró el fuego, salió a la calle con su marido: estaba regado de cadáveres y de muchachos que pedían auxilio.

Pasaron 10 minutos hasta que llegó la policía y empezaron a ponerse en fila las ambulancias del hospital que está justo enfrente. Levantaron 12 cadáveres.

Will Tanet, un estudiante irlandés, sobrevivió junto a tres amigos. «Empezamos a reptar hasta el baño y nos encerramos ahí.» Es su bar favorito de París: se bebe barato y siempre está de fiesta. «Parece que hubieran querido castigarnos por ser jóvenes, por disfrutar de la vida.»

Entre cada punto de la masacre, un limbo de calles desangeladas. El barrio de Oberkampf, corazón de la vida bohemia de París, se apagó. El desconsuelo resalta ahí más que en el resto de la ciudad, por mucho que sorprenda ver el Louvre cerrado o la torre Eiffel apagada. Hay líneas de Metro cerradas y los trenes que funcionan van casi vacíos. En el aeropuerto todos tienen que pasar el control de pasaportes: el estado de excepción desactivó la frontera común europea. Entrar en la ciudad es un trámite engorroso, con servicios cancelados y calles cortadas.

«Mejor no salga hoy por esta zona», recomienda el conserje de un hotel cerca de la Bastilla. Hay algo de miedo, pero mucho de prudencia francesa en el duelo.

A un paseo, sobre la calle Charonne, se apelotona otra multitud. El bar La Belle Equipe, una casa de sushi económico y una panadería exhiben las marcas de las balas. Allí tampoco la arcilla terminó de borrar los charcos de sangre. Hubo 19 muertos en esa vereda.

Anne Mirallas tira otro ramo de flores delante del bar. Perdió a una compañera de la facultad. «Pude haber muerto yo. De casualidad fui a otro restaurante. Cuando me enteré no sabía qué hacer; si volver o no al barrio.» Pasó la noche en la casa de un desconocido de los tantos que abrieron sus casas para dar refugio a quienes habían quedado a la intemperie en medio de la masacre.

A un costado una chica portaba un cartel escrito a mano que ponía: «Même pas peur» («Ni siquiera miedo»). Lloraba.

Mohammed, un chico de origen argelino, no se cansaba de contar cómo sobrevivió al tiroteo: «Tengo presente su cara. Mi miró, me apuntó y al final no disparó». Se sintió obligado a volver, a pasar la tarde con el recuerdo de las víctimas. Antes de irse encendió una vela y la dejó a merced de la llovizna.

fuente LA NACIÓN

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