MILAGRO SALA DETENIDASAN SALVADOR DE JUJUY.- «A «la flaquita» no hay que dejarla sola.» La consigna era repetida ayer una y otra vez a lo largo de las incontables carpas que conforman el campamento de la agrupación Tupac Amaru, en la plaza central de esta capital.
Cada tanto, esa frase -que sonaba casi como una expresión de deseo- cortaba el silencio que delataba el agotamiento. E intentaba convencer a los seguidores incondicionales de la dirigente Milagro Sala, que permanece detenida, acusada de instigar a cometer delitos, de que aguantaran allí hasta que la Justicia le otorgue la excarcelación a la mujer que ellos consideran un símbolo de «lucha, solidaridad y derechos» y que el gobierno provincial vincula con las palabras «mafia, delito y fascismo».

Todo bajo el mismo denominador común: la incertidumbre por un posible desalojo que aún no llega, pero que por momentos se considera inminente.

A diferencia de días previos de la medida de fuerza que ya cumplió 34 días, ayer la tensión disminuyó. Había, en cambio, expectativas por una posible liberación de Sala, pero rápidamente se esfumaron cuando los abogados que plantearon sus fundamentos en la audiencia ante el juez Gastón Mercau encabezaron una asamblea en la carpa más grande de la plaza. «Es muy difícil y no queremos darles ilusiones», dijo uno de los letrados, rodeado por decenas de manifestantes que murmuraban cada vez que alguien mencionaba al gobernador, Gerardo Morales.

La esperanza que pudo haber asomado durante parte del día -y exaltada con el revuelo generado por la llegada de la dirigente a la audiencia- ya no estaba. Se esperaba otra cosa, pero ayer fue sólo un día más de una protesta que ya parece eterna.
La reunión que se organizó poco después de que terminara la audiencia judicial y Sala fuera trasladada nuevamente a la Comisaría de la Mujer Nº 49 fue el punto más tenso del día. Las intervenciones de los numerosos oradores fueron seguidas de arengas, aplausos extensos y preguntas sin respuestas concretas sobre el futuro del acampe, aislado por la policía local, que cerró el tránsito dos cuadras a la redonda.

«Cuidemos a «la flaca», tenemos que movilizarnos más. Hagamos una gran movida con todos los barrios mañana (por hoy). Y si no nos dejan pasar los policías, ¿cuántas veces nos mandamos una travesura? ¿Nos vamos a ir a casa si nos dicen que no?», preguntó a los gritos uno, al que le respondieron al unísono con un no rotundo.

La voluntad se mantiene firme, pero la energía se agota. «Estar acá nos cuesta cada vez más, a veces alguno se va a su casa y después vuelve, pero no es fácil seguir así», contó a LA NACION una seguidora de Sala que vestía una remera blanca con el logo de Tupac Amaru.

La misma sensación recorría toda la plaza, que ya se asemeja a uno de los barrios levantados por las cooperativas.

La plaza de las protestas

La organización es llamativa: justo frente a la gobernación están los docentes. Hacia una de las esquinas de la plaza, el sector de salud. Más allá están los textiles. Y todo el resto son cooperativistas en general. La discreta fuente que decora el centro de la plaza está apagada y vacía. No importa. El calor seco y sofocante de esta ciudad se combate chapoteando en cuatro piletas de lona. Dos son cuadradas y otras dos, más grandes, son redondas. Hay para elegir. También hay para elegir dónde comer. La pizza casera sale $ 40 y la gaseosa grande, $ 35. Los precios varían de acuerdo con cada uno de los pequeños locales improvisados. El acampe hasta cuenta con un par de gazebos donde se puede ver televisión. Las carpas están distribuidas por toda la plaza y se puede caminar entre ellas por los pequeños pasillos -que ahora hacen de calles- que solían dividir los espacios verdes, hoy ocupados.

«Esto es una forma de conseguir algo. Si vos vas y te ponés a tocar puertas te van a decir que vuelvas mañana y así todos los días», dijo, al justificar la medida de fuerza, uno de los manifestantes que jugaba a las cartas con otros cuatro simpatizantes en una mesa de plástico.

Según los simpatizantes de Sala, entre los que había unos pocos vestidos con remeras de La Cámpora, la detención de la dirigente responde a la «bronca» que Morales siente por ella. «Esto es personal. Si no, todos tendríamos que estar presos porque todos estamos acampando acá. A nosotros Morales sólo nos trata de ignorantes, pero la cosa es sólo con ella», masculló una docente.

Anoche, cuando la mayoría improvisaba su cena con lo que tenía a mano, se comenzó a hablar entre los manifestantes de la posibilidad de que el gobierno provincial se decida por ordenar el desalojo inmediato. En uno de los rincones de la plaza, un grupo de amigas cantaban acompañadas por la música de un celular: «Pronto me iré y me llevaré un amor herido?».

 

fuente LA NACIÓN

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