Demoradas por años, aceleradísimas en apenas unas cuantas horas y repetidas cual hit otoñal por la TV, las imágenes de Ricardo Jaime y Lázaro Báez con esposas y chalecos antibalas negros extasían el morbo nacional. Un tercio de la población, según las encuestas, desea que la próxima foto por el estilo sea protagonizada por Cristina Fernández de Kirchner. La fascinación por ver a la ex presidenta presa es estimulada desde ciertos despachos oficiales, atraviesa los desproporcionados debates mediáticos, revienta las redes sociales y, sobre todo, es echada a rodar por las escalinatas de los Tribunales Federales.
En el cuarto piso de Comodoro Py 2002, a la cabeza de quienes se frotan las manos como si el destino les regalara la consumación de una venganza, espera su gran momento el juez Claudio Bonadio. Si todo sale tal cual lo dispuso el polémico magistrado, a las 10 de la mañana del miércoles 13 se verán cara a cara con Cristina. La acusa de haber encabezado una presunta “defraudación a la administración pública” equivalente a 77.000 millones de pesos por la venta de “dólares a futuro” a través del Banco Central sobre el final de su mandato. Al cierre de esta edición, CFK seguía desde Río Gallegos las alternativas de la declaración de otro de los imputados: Alejandro Vanoli, ex titular del BCRA.
Llamaba la atención que, hasta ese momento, quien fuera hasta el 10 de diciembre la mujer más poderosa de la historia argentina todavía no hubiese designado abogados defensores en la causa. Vanoli salió como había entrado: caminando por la puerta principal. Al kirchnerismo puro y duro se lo veía más preocupado por desacreditar el “circo para la gilada” de los casos Jaime y Báez, denunciar una “campaña de persecusión política” y preparar, para las 8 del 13A, una “pueblada” frente a la sede judicial de Retiro al grito de “si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”.
En una sociedad demasiado predispuesta a dejarse partir en dos, parecería existir poco espacio para considerar que la contundencia de las sospechas pueda coexistir con intencionalidades políticas que deriven en semejante (y repentina) ola judicial. A la vez que en un vibrante show televisivo.
Vale la pena repetirlo hasta el hartazgo: el desempeño de la Justicia Federal ha sido bochornoso, salvando honrosas excepciones, desde que se la reformó a principios de los ’90. El seguidismo y la permeabilidad a los intereses de quienes gobiernan ha permitido apreciar en demasiadas ocasiones hasta qué punto jueces mansitos con los mandamases de turno pasaron a ser fieras implacables cuando aquellos mismos personajes perdieron autoridad. La justicia faldera sirvió más para sostener y/o defenestrar poderes que para establecer una vara de premios y castigos creíble (y tranquilizadora) para la mayoría de la población.
El jueves 7, el fiscal Federico Delgado salvó el honor de la casa. O las papas, como quien dice. Pidió que se investigue si el actual Presidente de la Nación, Mauricio Macri, “omitió maliciosamente completar su declaración jurada” para ocultar dos sociedades offshore incluidas en el affaire global conocido como Panamá Papers. Macri, que inicialmente había decidido “dejarse investigar” por la Oficina Anticorrupción que comanda la ultramacrista Laura Alonso, anunció tres horas después que se autodenunciaría en Tribunales para que se lo pesquise a fondo.
La cuestión es que Jaime y Báez duermen a la sombra, en base a pruebas acumuladas hace rato. Ambos amenazan con “escupir para arriba” las sospechas, si los dejan solos. Arriba está Cristina, que busca su 17 de octubre por más que estemos en abril. Ya la tocaron. De refilón, hoy por hoy. El kirchnerismo grita, pero se desgaja de vergüenza por la fuerza bruta de un video donde unos pibes que jamás laburaron cuentan pilas de dólares y brindan con whisky escocés. Arde Comodoro Py. Quema la tele. La Argentina real, la de la inflación y el ajuste feroz, se cocina a fuego lento. Fuera de foco.

 

fuente PERFIL

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