En la Plaza de Mayo y sus alrededores parecía haber dos mundos distintos, separados sólo por vallas y agentes de gendarmería. De un lado, los bombos y los gritos de una mujer amplificados por un megáfono; del otro, sobre la plaza, unos parlantes transmitían la música religiosa que sonaba dentro de la Catedral porteña tras la llegada del presidente Mauricio Macri. Mezclados como si pelearan por sonar más fuerte que el otro, los sonidos marcaron un contraste que terminó por empañar una jornada de festejo.
Frente a la Catedral abundaban las banderas argentinas, el chocolate caliente y los churros, pero sobre Diagonal Norte estaba el campamento que los cooperativistas instalaron anteanoche para reclamarle al jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, que cumpla con su compromiso de pagar un 40% de aumento. Allí, donde había pocas carpas y muchos paneles de cartón usados como camas, las únicas banderas eran las de movimientos piqueteros. Y el tronar de sus bombos no paró durante toda la mañana.

“Algunos no quieren que esto sea una fiesta patria, pero lo es igual, más allá de las diferencias que haya con un gobierno”, dijo a LA NACION Marcela, una abuela joven que llevó a la plaza a su nieto para “que viva lo que es el 25 de Mayo”.

Alejados de la protesta, a los pies de una Pirámide de Mayo decorada de celeste y blanco hubo varias actividades para celebrar el aniversario de la Revolución de Mayo. Con el cotidiano izado de la bandera, del que esta vez participó Larreta, se dio comienzo a los eventos para que los curiosos pasaran el tiempo antes del comienzo del tedeum, transmitido en vivo por una pantalla gigante. Hubo coros, una orquesta y alumnos de escuelas de danza bailaron chamarritas y malambos vestidos con ropas tradicionales. Al mismo tiempo, el gobierno de la ciudad, a través de la Secretaría de Emergencias, repartía chocolate caliente y churros gratis.

Poco antes de las 11, el presidente Macri salió de la Casa Rosada acompañado por la vicepresidenta Gabriela Michetti; el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, y el gabinete de ministros. Escoltados por el Regimiento de Granaderos a Caballo, todos caminaron por la avenida Rivadavia hasta la Catedral ante los aplausos de las no más de 200 personas que se habían acercado a la plaza.
La poca concurrencia fue un tema de conversación entre los que fueron a ver al Presidente. “¿Cómo quieren que haya más gente si no avisaron cómo se podía entrar? Nosotros dimos vueltas por todos lados porque está todo vallado”, se quejó Catalina, una estudiante que, al igual que sus padres, tenía dos escarapelas. “Porque queremos mucho a nuestro país”, dijo.

Sin embargo, no todos justificaron la falta de gente con la mala comunicación. Selene Ochoa, de San Martín, lamentó que lo que se vivió en la plaza fue “el típico festejo al estilo 1810: todo vallado y la fiesta para unos pocos”. Su hija, Celeste, había bailado junto a sus compañeros de escuela y se iba decepcionada. “Se supone que es un festejo para el pueblo y mirá, no hay pueblo acá”, sostuvo.

Una hora después, cuando terminó la ceremonia, Macri salió de la Catedral junto a la primera dama, Juliana Awada, quien se subió a una camioneta. Antes de subirse él también, se acercó a las vallas para saludar a la gente que lo llamaba a gritos. De buen humor a pesar de haber escuchado un diagnóstico crudo de la Iglesia, el mandatario hasta jugó con el sombrero de uno de los simpatizantes. Instantes después ya se había ido.

Entre los que se acercaron a ver a Macri de cerca estaba María Teresa Gil, una española de 75 años que desde hace 56 vive en la Argentina, pero cuyo acento europeo se mantiene casi intacto. “Éste es el país que queremos, sin ideologías ni trampas. En otros años no se podía venir un 25 de Mayo y ahora sí”, dijo en diálogo con LA NACION. Y agregó: “Hoy está todo organizado como se debe y nadie se mete con nadie”.

Ya no había funcionarios a la vista, los curiosos abandonaron el lugar y los granaderos ya habían emprendido la retirada. Al poco tiempo, como si hubieran llegado tarde, varias decenas de militantes kirchneristas se toparon con las vallas sobre el cruce de la Avenida de Mayo y Perú. Entre los cánticos “vamos a volver” y “si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”, los manifestantes practicaban nuevas canciones, esta vez contra Macri, a quien llamaron con insistencia “ladrón”.

fuente LA NACIÓN

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