ASUNCIÓN.- “¿Pero usted iba a entregarse, no?” La pregunta de una empleada judicial motivó la única sonrisa que se le conoció a Ibar Pérez Corradi desde que apareció en la escena pública tras cuatro años en la clandestinidad. Experto en manejar las miradas y, sobre todo, los silencios, el imputado sólo levantó las manos. Respondió con otra pregunta: “¿Y para qué me iba a hacer esto entonces?”. Los presentes quedaron shockeados ante sus yemas moradas y le preguntaron si necesitaba un médico. “Ya va pasando. Llevo cuatro meses”, dijo. Y remató: “No, yo tenía pensado irme muy lejos”.
Con la misma tranquilidad con la que expuso sus planes, Pérez Corradi vivió cada una de sus primeras 72 horas como personaje público. Quedó el lunes bajo la presión de los flashes y respondió con la misma lucidez que un político en campaña. Recién ayer se lo notó nervioso en los tribunales de Asunción, porque su estrategia judicial -sostienen desde su entorno- avanzó sobre situaciones familiares que lo incomodan.

Pérez Corradi se siente a gusto con el silencio. “¿De qué cuadro sos?”, le preguntó una alta fuente judicial para romper el hielo al notarlo algo inquieto. “Yo soy de Olimpia”, insistió, ante la falta de respuesta del imputado. Pérez Corradi lo miró y lanzó un escueto: “No me gusta el fútbol”. La audiencia se relajó -aseguraron fuentes judiciales- con el paso de los minutos. El imputado se llevó de ese despacho su prisión preventiva y la orden de permanecer en su celda de las Fuerzas de Operaciones de la Policía Especializada (FOPE), el único lugar de esta ciudad en el que Pérez Corradi dice sentirse seguro. El lugar, que no funciona como penitenciaría, fue acondicionado especialmente para alojarlo en una celda espaciosa con baño privado. Será su “residencia” durante los días que todavía le quedan en Paraguay.

La FOPE soluciona su principal preocupación: la seguridad. “Tengo miedo. Llevame a un lugar seguro”, fueron las primeras palabras que hilvanó Pérez Corradi ante las autoridades paraguayas, al cruzar la frontera brasileña. Su familia también recibe protección policial. Gladys Delgado Brítez, la mujer paraguaya con la que tuvo dos hijos en la clandestinidad, lo visita a diario.

Su bebe de tres meses lloraba cuando ingresó el lunes a la fiscalía para visitar a su pareja. Llevaba de su otra mano a la niña de cuatro años. Según pudo saber LA NACION, Gladys le pidió a Pérez Corradi que firmara unos poderes para que ella pudiera manejar sus bienes y, además, exigió que se hiciera cargo legalmente de sus hijos, que fueron anotados por la madre como soltera cuando el imputado se movía desde la clandestinidad. Sus abogados sostienen que esos trámites son el verdadero motivo de su intención de retrasar su salida de Paraguay.

El trámite para reconocer a sus hijos puede demorar más de lo previsto, porque para realizar ese procedimiento es necesario que acredite su identidad a través de las huellas digitales, que, justamente, Pérez Corradi se “borró” a través de una dolorosa cirugía por la que pagó 50.000 dólares.

“Gladys es una mujer un poco especial”, la retrataron desde su entorno, por su fuerte carácter. Desde que su marido fue detenido en el allanamiento de su casa familiar de Foz de Iguazú, ella sostuvo que nunca supo la verdadera identidad de Pérez Corradi. Alegó conocerlo por uno de los dos apellidos falsos que utilizaba para moverse en la Triple Frontera, argumento que también puede servirle para desligarse de responsabilidades legales, como un posible encubrimiento.

Gladys sostuvo que Pérez Corradi justificaba su buen pasar económico con la venta de suplementos dietarios para gimnasios, la pantalla que usaba el narcotraficante para realizar sus operaciones clandestinas. Por último, la mujer confesó a los medios que cuando le preguntó a su marido por las cicatrices en sus dedos el narcotraficante le dijo que se había quemado mientras le preparaba un mate cocido.

 

fuente LA NACIÒN

 

 

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