Juan Bautista Yofre ha devenido en uno de los historiadores más originales y prolíficos de la Argentina, en un breve tiempo. Infatigable, él ha producido con periodicidad abrumadora 10 textos, todos indispensables para reconstruir la historia argentina reciente: “Nadie Fue”, “Fuimos Todos”, “El Escarmiento”, “La Trama de Madrid”, “Puerta de Hierro”, “Volver a Matar”, “1982”, “Fue Cuba”, “1976 – La Conspiración”, y ahora “Entre Hitler y Perón – El hundimiento del Graf Spee y la llegada de los primeros nazis a la Argentina” (todos por Sudamericana). Sólo faltaría agregar el 1er. texto, mucho menos conocido que los otros, “Misión argentina en Chile, 1970-1973”, que ya anticipó el proyecto editorial de Yofre, potenciado luego por algunos de sus amigos como Roberto García, y sin duda la tarea estabilizadora y ordenadora de su mujer, Carolina. Las 224 páginas de “Entre Hitler y Peròn” se leen casi con vértigo.

“El judío sólo puede pensar en judío; si escribe alemán, miente”

Adolfo Hitler en recepción en 1937 (Archivo de Eduardo Labougle).

N. de la R.: La Argentina intentó permanecer neutral en los grandes conflictos del siglo 20. El hundimiento en el Río de la Plata del acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee interrumpió esa modorra, casi cuando comenzaba la 2da. Guerra Mundial. En el astillero Reichsmarinewerft de Wilhelmshaven, Adolfo Hitler había logrado burlar las limitaciones impuestas a Alemania por el oneroso Tratado de Versalles -injusto, un germen del nacionalismo extremo que permitió el ascenso del 3er. Reich-. Por ejemplo, el tope de 10.000 toneladas que debía garantizar que nunca botaría un auténtico buque de guerra, fue desmentido por los veloces y equipados cruceros de la clase Deutschland. El Graf Spee merodeó la Guerra Civil Española entre 1936 y 1938, y fue enviado al Atlántico Sur para interceptar las líneas de los buques mercantes cuando estallara el conflicto que imaginaba Hitler: a partir de septiembre de 1939 y en 2 meses y medio, hundió 9 transportes, hasta aquel enfrentamiento con 3 cruceros británicos. Luego tuvo que ingresar al puerto de Montevideo, Uruguay. Convencido por falsos informes sobre el arribo de numerosas fuerzas británicas, el comandante del crucero, Hans Langsdorff, ordenó echarlo a pique. Días después, él se suicidó. Los marinos germanos fueron trasladados a la Argentina. Juan Bautista Yofre consiguió documentación exclusiva sobre todos aquellos acontecimientos. Pero logró sumarle otros archivos como el personal de Eduardo Labougle, quien fue el embajador argentino en Berlín entre 1932 y 1939, testigo privilegiado del ascenso y consolidación de Hitler. El resultado es fascinante. Aquí un fragmento del inicio del libro:

Acorazado de bolsillo Graf Spee, en honor del almirante Maximilian von Spee, comandante del Escuadrón de Asia Oriental que luchó en las batallas de Coronel (Chile) y de las islas Malvinas durante la 1ra. Guerra Mundial.

Acorazado de bolsillo Graf Spee, en honor del almirante Maximilian von Spee, comandante del Escuadrón de Asia Oriental que luchó en las batallas de Coronel (Chile) y de las islas Malvinas durante la 1ra. Guerra Mundial.

por JUAN B. YOFRE

La noche del 4 de junio de 1932 Eduardo Labougle Carranza, el embajador argentino en Portugal, recibía vía telegrama desde Buenos Aires un texto corto en el que le informaban que el nuevo canciller, Carlos Saavedra Lamas, lo había distinguirlo al designarlo embajador en Berlín y “concurrente” ante los gobiernos de Austria y Hungría. La alegría tenía un costo: El mismo debía informar a las autoridades portuguesas que el nuevo gobierno argentino del general (RE) Agustín Pedro Justo había determinado consolidar las representaciones en España y Portugal. No se cerraba la embajada pero en el futuro el embajador viviría en Madrid y sería “concurrente” en Lisboa. Era un “capitis diminuto” para el primer país que había reconocido la independencia argentina de la corona española. Ésa fue la respuesta que educadamente le dio el titular del gobierno de la Dictadura Nacional, el general Antonio Óscar de Fragoso Carmona. Sólo aquellos que alguna vez ocuparon la embajada argentina en Portugal saben de las viejas historias y los recelos que anidan entre los dos países.

Eduardo Labougle llegaría a Berlín representando al nuevo gobierno del presidente Justo, asumido el 20 de febrero de 1932, tras el fracaso de la revolución septembrina que había encabezado el general José Félix Uriburu contra el radical Hipólito Irigoyen dos años antes y que, para muchos observadores, fue el primer eslabón de una larga cadena de desaciertos que hundieron a la Argentina en la decadencia. Bueno es decir que las elecciones de 1932 que llevaron a Justo y “Julito” Roca al poder también fueron amañadas por el “fraude patriótico”.

Los sueños de una Argentina potente parecían desvanecerse, dejando de lado aquella definición sobre el país de un diccionario español de 1919: “Todo hace creer que la república Argentina está llamada a rivalizar en su día con EE.UU. de América del Norte, tanto por la riqueza y extensión de su suelo como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importaciones de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible”. La Argentina de 1932 no parecía reflejar ese vaticino.

(…) El 25 de junio de 1932 el embajador Labougle desembarcó con su esposa María Susana Pearson y sus hijas en el puerto de Bremen y al día siguiente llegaron a Berlín. Llevaba en sus alforjas una larga y exitosa carrera diplomática que había nacido en 1905, en pleno “orden conservador”. Tras varios destinos dentro del Palacio San Martín, en 1911 fue destinado con el rango de secretario a la legación en Holanda. Luego de dos años partió a Washington DC (donde se hizo amigo del diplomático alemán Franz von Papen) y de 1914 a 1919 cumplió destino en Alemania del káiser Guillermo II, por lo tanto fue testigo directo de la Primera Guerra Mundial y de “la puñalada por la espalda” de 1918, como denominaron los nazis el derrumbe alemán y la rendición que terminó en el Armisticio de Compiègne, Francia (sellado en 1940 en el mismo lugar y en el mismo vagón de tren donde Francia firmaría su rendición incondicional al Führer Adolfo Hitler) también había observado desde Berlín las severas condiciones que los aliados le impusieron a la derrotada Alemania en el Tratado de Versalles. Para el mariscal Fernandino Foch, comandante en jefe de las fuerzas aliadas de la Primera Guerra Mundial y uno de los presentes en el Salón de los Espejos, no eran tan severas y así expresó su descontento: “Este no es un tratado de paz sino un armisticio de veinte años”. Luego de veinte años y sesenta y cuatro días estalló la Segunda Guerra Mundial. (…)

Berlín en “estado de guerra civil”

A las pocas horas de llegar a Berlín lo recibió el ministro alemán de Asuntos Extranjeros, el barón Konstantin von Neurath, y dado que era verano recién presentó sus cartas credenciales al presidente Paul von Hindenburg el 10 de septiembre y al canciller Franz von Papen el 15 de septiembre. Durante el encuentro con su amigo de los tiempos de Washington le sorprendió escucharle decir: “Usted que conoce al pueblo alemán sabe que necesita ser dirigido. Es su idiosincrasia”. Ne en vano el escritor británico Christopher Isherwood anotó: “Berlín se halla en estado de guerra civil, el odio estallaba súbitamente sin anunciarse, salido de alguna parte…”.

Por las conversaciones mantenidas con las autoridades de la República de Weimar y las visitas de cortesía a sus colegas acreditados en Berlín, Labougle vislumbró que “Alemania se encontraba en medio de una crisis cuya solución no podía dilatarse, y se vivía en plena lucha. Había una gran depresión espiritual, un intenso desasosiego que predominaba entre las clases dirigentes.”

La Alemania de 1932 tenía cinco millones de desocupados y “estaba emocionalmente agotada por una serie aparentemente interminable de elecciones”, como supo observar John Toland en su reconocida biografía sobre Hitler. La inestabilidad absoluta hizo caer al gabinete de von Papen el 17 de noviembre de 1932, a quien sucedió el general Kurt vos Schleicher. Unos días antes (el 6 de noviembre) se habían llevado a cabo las últimas elecciones parlamentarias bajo un clima democrático, en las que el nazismo no obtuvo la mayoría que esperaba para acceder al poder. En esas horas de indecisión un grupo de fuertes empresarios y capitanes de la industria le enviaron una carta a Hindenburg en la que respaldaban a Adolfo Hitler como canciller de Alemania.

Nuevamente, “el pintor de las casas”, tal como despreciativamente nominaba el mariscal von Hindenburg al jefe del Partido Nacional Socialista, vio postergados sus sueños de llegar a canciller a través de procedimientos democráticos y no revolucionarios, como querían sus tropas de asalto; los camisas pardas; de las SA (Sturmabteilung).

Con el paso de las semanas, el nuevo gabinete del canciller Schleicher no consiguió debilitar ni dividir el partido nazi (por ejemplo, ofreciéndole la vicecancillería a Gragor Strasser, un alto jefe del ala izquierda del nacionalsocialismo que sería fusilado en 1934) ni equilibrar la situación económica y social. A mediados de enero de 1933 el número de desocupados legaba a los 6 millones, de acuerdo con registros oficiales.

El embajador Labougle no lo dice concretamente en su libro “Misión en Berlín” pero la caída de Schleicher comenzó a concretarse con la primera reunión privada entre Hitler y von Pepen en la casa del empresario Kurt von Schroder, en las cercanías de la ciudad de Colonia. Fue el 4 de enero de 1933, y en ese momento von Papen le abrió las puertas a Hitler para conformar un nuevo gabinete. Hitler expuso que si él era canciller debía tener la jefatura del gobierno, integrada por partidarios de von Papen dispuestos a cambiar muchas cosas en Alemania: “Estos cambios incluían la eliminación de los socialdemócratas, los comunistas y los judíos, de todos los altos cargos alemanes, y la restauración del orden en la vía pública”. No se puede decir que Hitler no fue claro o que usó subterfugios. Quedaron en volver a encontrarse.

(…) Entre intrigas, refriegas en las calles, completa inestabilidad y el abatimiento físico e intelectual del mariscal von Hindenburg (que no conseguía concentrarse más de media hora en un tema), el 30 de enero de 1933 Adolfo Hitler asumió la Cancillería del Reich acompañado por un gabinete de “coalición nacional”. En el momento de asumir dijo: “¡Juro que emplearé todas mis fuerzas en conseguir el bienestar del pueblo, respetaré la Constitución y las leyes, cumpliré con los deberes que me corresponden y realizaré mis tareas imparcialmente y con justicia!”. Vos Hindenburg inclinó su cabeza a manera de aprobación y dijo: “¡Y ahora, señores míos, adelante con Dios!”.

En la primera reunión del gabinete, Hitler, con el apoyo de Göring, propuso llamar a elecciones el 5 de marzo de 1933 con la intención de lograr los dos tercios necesarios en el Parlamento y dictar una ley de “prerrogativas especiales”. (…)

Hitler revela sus planes secretos

No había una semana en el poder cuando el viernes 3 de febrero de 1933 Adolfo Hitler expuso su pensamiento a los jefes militares de la Reichswehr (Fuerzas de Defensa) durante una reunión secreta en el domicilio del general Kurt von Hammerstein-Equord, jefe del Estado Mayor del Ejército, gestada por el ministro de Guerra y comandante en jefe de las fuerzas Armadas alemanas, general Werner Eduard von Blomberg. Fijó entre otras pautas:

> La recuperación del poder político y el fin de la dirección estatal colectiva.

> Un cambio absoluto de las condiciones políticas en Alemania. Erradicación del marxismo. Quien no se dejase convertir (al nazismo) habrá e ser doblegado. Pena de muerte para el traidor a la patria y el pueblo. Extirpación de las excrecencias mórbidas nacidas de la democracia.

> Lucha contra el Tratado de Versalles. Obtención de la igualdad de derechos en la Sociedad de las Naciones, en Ginebra, aunque esto careciera de finalidad mientras no se reforzase el instinto defensivo del pueblo.

> La reorganización de las Fuerzas Armadas como condición imprescindible para alcanzar el objetivo: absoluta ocupación del poder político. Restablecer el servicio militar obligatorio.

> Conquistar nuevos mercados de exportación y ocupar nuevos espacios en el este y emprender son contemplaciones su germanización.

En líneas generales, la exposición del nuevo canciller; que tenía como objetivo lograr la adhesión castrense; no hablaba de guerra y sólo trató sobre el “espacio vital”, algo que ya había escrito en lo libro “Mein Kampf” (Mi Lucha). Algunos tomaron sus palabras con indiferencia y otros lo apoyaron. El jefe de la Armada, almirante Erich Raeder, comentaría más tarde que le pareció “extraordinariamente satisfactorio”.

El dueño de casa, von Hammerstein-Equord, no duraría mucho tiempo en el cargo. Era amigo de Schleicher y en la intimidad sostenían que los nazis eran “una banda de mafiosos y pervertidos”. Sus dos hijas, Marie-Luise y Helga, pertenecían al Partido Comunista e informaron a los soviéticos los términos de exposición de Hitler.

El miércoles 8 de febrero el embajador Eduardo Labougle concurrió al palacio presidencial, en la Wilhelmtrasse Nº77, porque Hitler hizo su presentación protocolar ante el cuerpo diplomático acompañado al mariscal Hindenburg. Según el diplomático argentino, el Führer lucía frac, su peinado estaba desalineado y “no teniendo cinturón donde siempre ponía sus manos, sus dedos jugaban algo nerviosamente con los puños de la camisa y las mangas del frac, demasiado largas.”

El exilio de Marcelo T. del Alvear. En Alemania nadie frena a los nazis

(…) El 17 de febrero Göring hizo una limpieza total de la policía incorporando en sus filas a miembros de las SA (Sturmabteilung, “tropas de asalto”) y las SS (Schutzstaffel, “compañías de protección”). El 22 creó una fuerza auxiliar de las SA y SS, una policía política, la incipiente Gestapo. Dos días más tarde, los hombres de Göring asaltaron el cuartel general comunista, la Casa Karl Liebknecht. Los pocos jefes que no habían sido detenidos fueron llevados a prisión. “Disparen primero, pregunten después”, les aconsejó a sus tropas. El 20 de febrero invitó a veinte empresarios de primer nivel para presentarles a Hitler y solicitarles ayuda económica para la campaña de las elecciones del 5 de marzo. En los archivos de Krupp se encontró el texto de lo que allí afirmó el invitado principal: “Si queremos aplastar definitivamente al enemigo –dijo Hitler- ante todo tenemos que apropiarnos de los instrumentos de poder (…) No se debe atacar nunca antes de haber alcanzado la cima de poder, mientras no se cuente con la seguridad de haber ampliado al máximo el poder propio (…) Ya no volveremos atrás, aunque las elecciones no arrojen un resultado tajante. La alternativa está bien clara: O el resultado es rotundo, o tendremos que provocar una prueba de fuerza que dirima definitivamente el asunto por algún otro medio”.

Sin sonrojarse, Göring les dijo: “Tengo la seguridad de que la industria se alegrará de haber hecho este sacrificio cuando se dé cuenta de que las próximas elecciones del 5 de marzo serán las últimas que se celebren en Alemania en un plazo de diez años, ¡y tal vez un siglo!”

El incendio del Parlamento y sus consecuencias

El 27 de febrero de 1933 por la noche, cuatro semanas más tarde de la llegada de Hitler al poder, ardió el edificio del Reichstag, la sede del Parlamento. El holandés Marinus van der Lubbe –“un pirómano comunista medio tonto”, dirá Göring- fue encontrado culpable y se lo descubrió miembro de una amplia conspiración comunista. Hitler, caminando sobre los escombros, exclamó: “Esto es una señal del cielo”. En pocas horas von Hindenburg le confirmó poderes especiales para atacar a los comunistas, incluso con la pena de muerte.

En esas elecciones los nazis obtuvieron el 43,9% de los votos (288 de los 647 escaños en juego); sus aliados nacionalistas lograron el 8% (52 escaños); el Partido Comunista (KDP) 12.3% y los social-demócratas (SPD) 18.3%. A pesar del avance electoral, el nacional-socialismo y sus aliados tenían 340 bancas y no llegaron a las 432 que se necesitaban para una mayoría de dos tercios. Cuando se inauguraron las sesiones, ochenta y un diputados comunistas estaban ausentes (detenidos o escondidos) y, de esa forma, Hitler obtuvo la mayoría para que se aprobara el decreto de habilitación (Notverordnun). “¡Weimar por fin ha muerto!”, exclamo el presidente de la cámara, Hermann Wilhelm Göring. Ahora si tenía una gran parte del poder. Sólo faltaba la muerte natural de von Hindenburg.

El nuevo Parlamento fue inaugurado el martes 21 de marzo de 1934 en Potsdam con la presencia de von Hindenburg y miembros de la familia imperial, encabezada por el Konprinz Guillermo, que lucía el uniforme de los Húsares de la Muerte. Con una gran escenografía preparada por Goebbels; la mirada puesta en los sectores conservadores de la sociedad; se realizó una gran misa en la catedral Garnisonkirche (Iglesia de la Guarnición), donde reposaban los restos de Federico el Grande y Guillermo I. El cuerpo diplomático fue invitado a asistir con ropa de etiqueta (jaque) El embajador Labougle contó que asistió a la misa y luego hablaron con Hindenburg y Hitler. (…)

Tras la misa con sus himnos, el coro comenzó a cantar “Wir treten zum veten” (Nosotros venimos a cantar), mientras afuera se escuchaban las salvas de los cañones. Luego, cuenta el embajador argentino, “se formó un desfile de participantes, cuyo orden fue el siguiente: representantes del gobierno del Reich; miembros del cuerpo diplomático; presidentes de los gobiernos estaduales; consejeros del Estado; diputados, etc.”. Más tarde, en las tribunas se presenció el desfile de los miembros del partido nazi y de las Fuerzas Armadas. De ese día soleado, Labougle anotó que flotaba en el ambiente “la prepotencia” de los nuevos dirigentes del Tercer Reich y “el decaimiento anímico de los viejos líderes del Reichstag… y más de uno de mis antiguos conocidos me confesó que ya nada podían hacer frente ante la fuerza cada día mayor que empleaba los nacional-socialistas dispuestos a terminar trágicamente con toda oposición, introduciendo el principio totalitario de obedecer al jefe (Führer) porque siempre tiene razón”. Los que no pensaran así irían a parar al ostracismo, a la cárcel o a los campos de concentración.

La jornada festiva culminó en el teatro de la Ópera de Berlín con “Los maestros cantores de Núremberg”, de Richard Wagner. “Se decía que era la favorita del Führer y nosotros los diplomáticos debimos oírla hasta el cansancio”, contó Eduardo Labougle. (…)

Labougle en una cena privada con Hitler durante “una sombría noche”

Desde las primeras jornadas de su gestión, Hitler se vio constantemente rodeado por una serie de altos jefes del partido nazi, amigos personales y funcionarios del gobierno. Lograr acceso a su persona era difícil. Si no eran miembros de la “Chauffeureska” como Ernst “Putzi” Hanfstaengl, jefe de prensa de la Oficina Extranjera, llamaba al grupo de choferes y ayudantes que llegaron de Bavaria con el nuevo canciller, el círculo de acero se cerraba con las presencias permanentes y controladoras de Göring, Goebbels (aceptado por von Hindenburg como ministro de Educación y Propaganda) y unos pocos elegidos. Además de esta situación debían tenerse en cuenta los horarios inusuales del propio Führer: Se acostaba ya entre la madrugada, después de ver una película de cine para relajarse (generalmente “King Kong”, cuenta Ian Kershaw), se levantaba tarde y almorzaba cerca de las dos. Nada era previsible. De allí que para un embajador como Labougle fuese un logro poder sentarse frente a Hitler en una cena junto con media docena de invitados. Fue el 10 de mayo de 1933 en la casa de Otto Wagener, situada en la boscosa zona de Grunewald, cerca de Berlín.

El dueño de casa asistía en materia económica a Hitler y era en alto miembro de las SA, llegando a ser su jefe de Estado Mayor durante la crisis interna que protagonizó Walter Stennes en Berlín (1930-1931), contrariado con Goebbels por los escasos lugares que se le otorgaba a las SA en las listas de candidatos al Parlamento. Además los “camisas pardas” dudaban del liderazgo de Hitler por considerar que se debía tomar el poder por la fuerza cuanto antes, mientras el Führer sostenía que había que hacerlo dentro de los cánones democráticos de la república de Weimar, “sin ninguna ruptura radical de las condiciones existentes”. Así lo aseguró ante el Tribunal del Reich en Leipzig, en septiembre de 1930, en lo que dio en llamarse el “juramento de legalidad de Hitler”. Amplios sectores de las SA expresaban un pensamiento cercano a la izquierda y recelaban las relaciones de su jefe con los capitanes de la industria. “Yo estaba disgustado porque Hitler pactó con la derecha y nosotros (las SA) estábamos más a la izquierda”, confesó von Oven, más tarde uno de los secretarios de Goebbels. La situación sería definida luego de 1933 con la “noche de los cuchillos largos”, en la que se destacaron Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich al frente de las SS.

Digamos que el diplomático argentino sabía moverse pero, además, todavía tenía a sus espaldas a la Argentina, un país económicamente promisorio. Esa noche vió a Hitler comer un plato vegetariano y explicar que no tomaba vino desde hacía una década. En general se habló de música y temas artísticos. Como entre los pocos asistentes se encontraba el pianista Bachbauss, se escucharon algunos temas clásicos alemanes que el invitado principal siguió con “profunda atención”.

De pronto sucedió lo inesperado (para los comensales, no para Hitler). Se acercó a Hitler el príncipe Augusto Guillermo, el único de la dinastía Hohenzollern que se había afiliado al nacional-socialismo, y le pidió permiso para retirarse porque acababan de avisarle telefónicamente que frente a la Biblioteca Nacional, sobre la Unter den Linden, miembros de la SA estaban quemando libros de autores judíos. “Hitler pareció recibir la noticia con la mayor indiferencia (y) la reunión prosiguió con el mismo tono”, escribió el embajador argentino.

Esa noche, el canciller alemán había llegado acompañado por Wilhelm Brückner, coronel de brigada de las SA y más tarde general de las SS. Ninguno de los dos podía ignorar lo que sucedía en el centro de Berlín porque era el final esperado por la Asociación de Estudiantes Alemanes. El 6 de abril de 1933 los estudiantes habían convocado a la población a realizar una “purga intelectual” y requisaron las bibliotecas públicas, universitarias y privadas, retirando de ellas lo que denominaban “basura intelectual” bajo la consigna: “El judío sólo puede pensar en judío; si escribe alemán, miente”. El 19 de abril la asociación avanzo un paso más al instar a los estudiantes a señalar y expulsar a los profesores “ineptos”. Contaron con la complicidad de catedráticos y docentes. A la campaña se sumaron las casas editoriales y la revista de la industria del libro.

El acto del 10 de mayo fue considerado por Labougle una “sombría noche” y la crónica mundial lo consideró un “bochorno”. En el acto, presidido por Joseph Goebbels, fueron arrojadas a las llamas las obras de Sigmund Freud, Thomas Mann, Albert Einstein, Karl Marx, Georg Hegel, Franz Kafka, Hermann Hesse y Rosa de Luxemburgo.

Años más tarde, en ese lugar se levantó un monumento con una frase de Heinrich Heine escrita siete décadas antes: “Allí donde se queman libros se terminan quemando también personas”.

En septiembre el cuerpo diplomático fue invitado a participar del Congreso de la Victoria Núrembergm, una cita obligada para el nacional-socialismo. Según Labougle, se realizaron consultas entre los jefes de misión y los embajadores de las grandes potencias consideraron que “no correspondía” asistir teniendo en cuenta que la invitación había sido realizada por Adolfo Hitler en su calidad de jefe del Partido Nacional-socialista. Labougle y otros estimaron que debían concurrir por considerar que el jefe del partido era el jefe del Estado y que “el partido era el Estado y el Estado era el partido”.

Las películas de aquel congreso muestren al embajador argentino bajando junto con otros colegas del tren especial para los diplomáticos. Apenas llega a la estación una niña se le acerca con un ramo de flores y él agradece sacándose el chambergo. Luego se observa una larga fila de miembros de las SA y SS que serían sus asistentes y choferes. Entre tantas actividades recibieron la visita de Hitler al tren donde vivían. También asistieron a algunos actos, y durante el discurso de cierre Hitler comenzó a criticar a los regímenes democráticos, actitud que molestó a la mayoría de los diplomáticos. El jefe de la delegación rumana codeó a Labougle y le dijo: “¿Y es a oír esto que nos invitan?”. (…)”.

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