En el día después, la marcha de la CGT y su desenlace violento dispararon lecturas diversas y algunas conclusiones comunes en el atomizado universo peronista.

La primera interpretación compartida, sobre todo entre los dirigentes que pretenden encarnar la “renovación”, es que los incidentes que sellaron la marcha atentan contra el núcleo de su estrategia electoral. Mostrarse como un peronismo “moderno”, “moderado” y capaz de articular las demandas que el Gobierno desoye se vuelve complicado cuando la primera demostración de fuerza contundente de la oposición, con los gremios a la cabeza, termina a las piñas.
A ese contraste se suma la idea común, aunque expresada bien por lo bajo, de que los jefes de la CGT, Héctor Daer, Juan Carlos Schmid y Carlos Acuña, “no lideran”. “Ayer [por anteayer] quedó clarísimo que ninguno de los tres es jefe, que no pueden tomar decisiones y que las decisiones pasan por otro lado, por [Hugo] Moyano, por [Luis] Barrionuevo”, se despachó un peronista del interior.

En la misma línea, un intendente del conurbano descargó: “Si te chiflan tenés que reaccionar… Estos tipos hicieron de todo por Ganancias y no son capaces de llamar a un paro con este quilombo”.

Incluso en el kirchnerismo, que para el peronismo tradicional fue responsable del “clima” que propició los incidentes, leyeron los disturbios como un llamado de atención a la dirigencia gremial.

“Es muy sano que quienes asisten a un acto interpelen a quienes tienen la oportunidad de estar arriba de una tarima, conducir y decidir”, azuzó Máximo Kirchner en declaraciones a Radio 10.
Para el jefe de La Cámpora, la conducción de la CGT debería “interpretar” el mensaje de los manifestantes. “Nadie debe enojarse por la interpelación. Debe asumirla y representarla”, cerró.

Por otro lado, en el PJ no kirchnerista creen que escenas como las de anteayer no contribuyen en nada a despegar al peronismo del kirchnerismo. “La mayoría no distingue entre nosotros y los K. A la gente le queda claro que, más allá de las barbaridades que está haciendo Macri, a eso [por la violencia de la marcha] no quiere volver”, reflexionó otro dirigente enrolado en la “renovación”. “Esto no hace más que alimentar la dinámica de la grieta que tanto le sirvió a Macri para ganar”, completó.

Un intendente del grupo Esmeralda intentó poner paños fríos. “Como el peronismo, el movimiento obrero está ordenándose, está en etapa de debate”, matizó.

En el haber, los peronistas anotan la masividad de la marcha y su composición diversa, pese a que esa última condición terminó convirtiéndose en un problema. Leen esas características como un llamado de atención nítido e ineludible para el Gobierno.

Más allá del final violento, creen que la marcha cristalizó el malestar social por la situación económica sobre el que vienen advirtiendo desde hace meses. “Fue una marcha imponente y que quedó demostrado que la cosa se está complicando”, reflexionó ante LA NACION otro intendente del grupo Esmeralda.

Por otro lado, tanto en el peronismo alejado de Cristina Kirchner como en el kirchnerismo coinciden en que la CGT se quedó sin margen para dilatar el llamado al paro.

La situación en la que quedó la ex presidenta sí generó divisiones. Los peronistas territoriales creen que la participación de militancia kirchnerista en los incidentes da por tierra con la idea de Cristina como “conductora de la unidad” que el FPV intenta instalar. En el kirchnerismo, en cambio, creen que la ex presidenta salió indemne y que, por el contrario, la marcha hizo visible el creciente rechazo al Gobierno y potenció al FPV como alternativa.

 

fuente LA NACIÒN

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