Quizás no haya mayor ironía en el mundo de las empresas estatales. Casa de Moneda, encargada de imprimir los billetes y acuñar el metálico que mueven la economía todos los días, hasta hace poco fabricaba cada vez más dinero y perdía más plata. Por si fuera poco, estaba envuelta de la atmósfera de sospecha derivada del caso Ciccone , que compromete en la Justicia al exvicepresidente Amado Boudou y se convirtió en uno de los grandes escándalos del kirchnerismo. Pero la casa de papel argentina dio vuelta su contabilidad en los últimos dos años.

En 2016, la empresa volvió a los números azules pese a imprimir menos billetes por la política de restricción monetaria dispuesta por su principal cliente, el Banco Central . En el camino, se sacó de encima deudas que estaban nominadas desde dólares hasta francos suizos, pero también resignó personal y enfrentó cuestionamientos por parte de los gremios.

Según los números oficiales que vio LA NACION, en la última gestión de Cristina Kirchner Casa de Moneda solo tuvo quebrantos: $63 millones en 2012, $165 millones en 2013, $227 millones en 2014 y $456 millones en 2015.

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En cambio, en 2016 tuvo ganancias por $197 millones, recogió otros $310 millones el año pasado y espera embolsar $242 millones este año.

La refundación de Casa de Moneda comenzó en 2016, cuando la Secretaría de Hacienda le hizo un aporte de capital de $650 millones. Se destinaron a cubrir los pasivos más acuciantes. Entre ellos, deudas con los fabricantes suizos y alemanes de tinta para billetes (en esos países trabajan los dos proveedores homologados del producto) y un retorno a un enfoque industrial que le permitió bajar el costo de los billetes, un pedido específico del BCRA, que no quería pagar más que sus pares de la región.

Para modernizar el proceso, el Gobierno dice que invirtió $ 15,93 millones en maquinarias, $13 millones en repuestos y más de un millón en capacitación de personal. Y redujo costos que no estuviesen atados a la operación. Pretenden distinguirse de su antecesora, Katya Daura, cercana al expresidente, que entre otras cosas mandó a hacer un libro de 172 páginas donde muestra los logros de la gestión 2011-2015. Le costó $ 1,5 millones, pero sus sucesores encontraron sólo 40 ejemplares.

La primera página comienza con una cita del Manual de Conducción política de Perón (1953): “En la conducción se actúa siempre en una nebulosa hasta el momento de la decisión”.

En el camino, la gestión macrista también adelgazó la plantilla. De los 1707 empleados con los que terminó en 2015 (casi el doble que en 2010), este año terminará con 1240, unas 467 personas menos que en el último año de mandato kirchnerista.

Los números de Casa de Moneda mejoraron pese a que su trabajo principal, la impresión de billetes, decayó por orden de Federico Sturzennegger, que utiliza ese, entre otros métodos, para pelear contra la inflación. Este año saldrán de los talleres 810 millones, contra los 1125 millones del año pasado.

El cambio de denominación también tuvo que ver con la reducción de la impresión de billetes. Ahora, por caso, hay papeles de $1000, de $500 y de $200, algo que el kirchnerismo se negó a hacer porque, sostenían sus funcionarios por lo bajo, medidas de ese tipo convalidarían la existencia de la inflación, una palabra que estuvo vedada durante años y a la que se hacía referencia mediante eufemismos.

El escándalo en el recuerdo
La estela de Boudou afectó los negocios de la compañía. En 2012, el kirchnerismo expropió a través de una ley los activos de la ex Ciccone Calcográfica, que quedaron para Casa de Moneda. Quienes manejan hoy la empresa creen que para silenciar el tema de la agenda pública, la titular anterior, Katya Daura, cedió ante pedidos de los gremios que complicaron la operación de la empresa. Claro que los representantes sindicales no están de acuerdo con esa mirada.

Casa de Moneda también fabrica otros productos con menos glamour, como las patentes del Mercosur, cédulas de autos, pasaportes, estampillas fiscales y padrones electorales.

fuente LA NACION

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