Pablo Marchetti escribió esto en el 2016 y mientras en todos los medios masivos y pro feministas tapan esto te damos la oportunidad que leas completo el texto donde confiesa sus deseos más enfermos hacia su hija de por ese entonces de 9 años.

Noche de verano, hace calor, mucho calor. Lina duerme tirada boca abajo en su cama. Tiene puesto un shorcito del pijama, rosa y con agujeritos, y una musculosa blanca con un estampado de flores. Su cuerpecito, tan frágil como fibroso, se retuerce con una sensualidad y una inocencia tan delicadamente brutales que me dan ganas de acariciarla y besarla por todos lados: los brazos, las piernas, la espalda, la cara…

Acaricio y beso a Lina todo lo que puedo, todo el tiempo que me es posible. Disfruto mucho de su piel suave y fresca, de sus brazos levemente velludos, de sus piernas aún sin depilar y con pelitos tiernos, de su carita de mejillas redondas y naricita pompón como la mía. Nos encanta rozarnos las narices y, cada tanto, nos besamos en la boca, muy delicadamente, como al pasar. Hay un jueguito casi histérico en el asunto: nos apretamos fuerte nariz contra nariz y es en ese momento cuando nuestros labios casi se rozan. Pero enseguida, cuando parece que sí, el beso se traslada a la mejilla.

Decía que acaricio y beso a Lina todo lo que puedo. En realidad, acaricio y beso (y abrazo, y me excito, y muero de amor) todo lo que ella me deja, pero también todo lo que yo creo que es conveniente. Porque aquí hay que poner límites. No se trata sólo de pensamientos incómodos: acá lo que hay es un sentimiento incómodo, un deseo incómodo, la búsqueda de un placer muy pero muy incómodo. No es cuestión de andar creándole a Lina un trauma con mis ganas de acariciarla, de abrazarla, de besarla. Primero, porque Lina tiene nueve años. Y segundo, porque Lina es mi hija.

Pensamientos comodísimos

Me cuesta encontrar un pensamiento que me resulte incómodo. En realidad, me siento muy cómodo en cualquier lugar del pensamiento. Y me hago recontra cargo: si me gusta Raphael, me gusta y punto. Eso no es bizarro. Eso es arte. Creo que el tipo es un artista, un gran artista. Y no sólo lo comprendo sino que, sobre todo, lo disfruto. No se trata de un gusto kitsch. Es parte de lo que conforma mi paladar estético, mi universo artístico y espiritual. Eso no significa que me pueda gustar, al mismo tiempo, Ornette Coleman. Cada cosa tiene su lugar y su momento.

Eso tampoco significa que me vaya a gustar toda la canción popular pedorra, ni todo el free jazz. Aunque, en tren de confesiones, la canción popular pedorra ocupa un lugar de privilegio entre mis preferencias. De modo que nada de vueltas, nada de burla, nada de nada: me gusta, lo disfruto y que la sigan chupando. ¿Por qué habría de sentir vergüenza o encasillar como “incómodo” un gusto que está relacionado directamente con el goce y nada más que con el goce?

Claro que el admirar una obra de arte –por más condena intelectual que merezca, por más cartel de “grasa” que lleve colgada– siempre es más sencillo que digerir ciertos conflictos sociales, étnicos o de clase. No es lo mismo decir “me gusta Raphael” (o Palito Ortega, o Leo Dan, o el Puma José Luis Rodríguez) que “cagaría a trompadas a más de un limpiavidrios de los que vienen a acosarme en los semáforos cuando voy en el auto”. Sin embargo, vaya otra confesión: eso tampoco me genera conflicto. O sea, si pienso eso (y a veces lo pienso), lo pienso y ya. No me incomoda.

Lo mismo si miro en la calle a una cartonera que se agacha y se ve que tiene una tanguita roja y muestra todo un culo magnífico. ¿Qué voy a hacer? ¿Dejar de mirarla? No, ni en pedo. Es más, escribí una canción sobre eso.

Ese tipo de paradojas forman parte de mi imaginario artístico-comunicacional. Si no existieran esa clase de situaciones que generan pensamientos supuestamente incómodos (ganas de mandar a la puta que lo parió a un trapito que te cuida el auto, culpa al sacar la basura cuando pasa un cartonero, temor al ver que se nos acerca un muchacho de tez trigueña para pedirnos plata) debería dedicarme a otra cosa y escribir sobre los pajaritos, sobre un paisaje bucólico o sobre conflictos de pareja.

No quiero con esto agradecer a la injusticia en este mundo ni a la existencia del poder como herramienta de dominación por darme permanentemente la materia prima con los que armo mis relatos (o, mejor dicho, mi relato). Pero así están las cosas: mientras sean el poder y la explotación humana quienes rijan los destinos de la humanidad, mis obsesiones periodístico-poéticas estarán puestas en esa dirección. Cuando todo esto cambie, veremos.

Así que pensamientos incómodos, un cuerno. No, el pensamiento me produce comodidad. No relax, claro, sino el placer de la adrenalina. Ni siquiera repetir cada tanto “hay que matarlos a todos”, como un oyente sacado de Radio 10, me hace poner colorado. Todos, alguna vez en la vida, creímos en la solución final de algo. Y yo, íntimamente, sé que eso es lo que creo cuando se trata de buscarle una salida a los negocios turbios de las fuerzas de seguridad. “Hay que matarlos a todos”, es mi solución final para la policía, citando a mi amiga Ingrid Beck. Y me hago cargo.

La incomodidad, pues, no está en el pensamiento: está en el cuerpo. En lo que siente a veces el cuerpo. Y con eso sí que no se jode.

Limpieza ética

“Lina, no te podés bañar más con papito”. Me acuerdo cuánto me dolió tener que decirle eso a mi hija. Lina tenía cinco años y no me gustó nada tener que hacerle esa propuesta. ¡Si la pasábamos tan bien los dos en la bañera llena! Pero bueno, qué se le iba a hacer, ya estaba, no daba para más. Recuerdo que se lo comenté a un par de amigas y me dijeron que era una bestia, que no podía seguir metiéndome en la bañera con mi hija, los dos en bolas, cuerpos desnudos y mojados rozándose, que era una barbaridad. Con mi mujer fue distinto: a ella le parecía que la cosa no estaba del todo bien, pero sabía entender el placer que encontraba yo en aquel contacto.

Lo peor de todo fue la opinión de Lina, que se opuso a mi propuesta. “¿Por qué?”, me preguntó con una carita que me hizo morir de amor, y no supe que decirle. ¿Qué le iba a decir? ¿”Porque ya estás grande para que nos metamos los dos en la bañera, en pelotas”? ¿”Porque no podemos exponernos al roce entre mi pito y tu cuerpo”? No respondí o no me acuerdo bien qué respondí, que para el caso es lo mismo.

Al poco tiempo no reclamó más y yo me di cuenta de que había hecho lo correcto. Que lo mejor que me podía pasar en esos casos era anticiparme. Fue lindo mientras duró, pero ya estaba. Ella lo entendió así y, por suerte, yo no sólo también lo entendí así, sino que lo entendí antes. Estaba en lo correcto cuando pensé que aquel era un sentimiento incorrecto. Nótese la diferencia: lo que era incorrecto era el sentimiento; en cambio el pensamiento no sólo fue correcto, sino que además sirvió para poner las cosas en su lugar.

La mujer de mi vida

No tengo dudas: lo que siento por mi hija es el amor más profundo que haya sentido alguna vez por alguna persona. Y cuando hablo de amor hablo de amor, de todo lo que el amor debe tener para ser considerado amor. O sea, amo a mi hijo, amo a mi padre, amo a mi hermano, sí… pero no. Amor es otra cosa. El amor incluye necesariamente el deseo físico, la pasión a flor de piel, eso que oscila entre la cursilería y el morbo, pero que los incluye a ambos. “Flor de piel”, sí: ¿hay algo más cursi que eso? Bueno, sí, hablar de “amor”.

El amor es la apoteosis de lo cursi y también la apoteosis de la exploración del deseo como síntesis entre cuerpo y espíritu, carne y sentir, realidad y deseo. Amo, pues a mi hija, porque me une a ella un vínculo espiritual superior y también un deseo sexual que me lleva a lo desconocido: lo platónico como único escenario posible para la consumación del placer.

Me incomoda hablar de esto porque me incomoda sentir esto. No soy Humbert-Humbert ni soñé ni fantaseé jamás con una Lolita. Mucho menos con una niña. Las madres de las amigas de mi hija pueden quedarse tranquilas: pueden seguir confiándome a Luli, a Cata, a Mora, a Paloma, que seguiré yendo a buscarlas, que seguiré llevándolas a pasear para que jueguen y salgan con Lina, como siempre. Si hay alguna situación de seducción será con las madres (lo siento, de eso no me hago cargo), no con las hijas.

Me gustan las mujeres mayores de edad. Ni siquiera tengo especial predilección por las pendejas, como algunos amigos. No, no es eso, por favor. Juro que si fuera de otro modo lo diría porque, como dije, no creo en los pensamientos incómodos. Simplemente soy un padre enamorado. Tan enamorado que sé encontrar los límites para mis sentimientos incorrectos y sé cuándo reprimirlos. Porque amo tanto a mi hija que lo último que quiero es que sufra por amor. Al menos por el amor de su padre.

Algún día

Juro que si tuviera la certeza de que a Lina no le va a causar ningún trauma, iría más allá. Que me seguiría bañando con ella. Que la besaría más, que nos tocaríamos. Juro que si me reprimo es por amor. Y juro también que todo esto me pone muy incómodo. ¿Por qué escribir sobre este asunto? ¿Está bien poner en palabras un pensamiento incómodo sabiendo que esto puede herir a la persona que más amo en este mundo?

Escribo esto con la certeza plena de que Lina no va a leer este texto. De hecho, descarté la segunda persona porque me ponía incómodo (¿te imaginás, mi amor, si te estuviera escribiendo todo esto así, directamente a vos? No, perdoname, hermosa, pero no puedo, definitivamente no puedo).

No, Lina no va a leer esto. Al menos no por ahora. Tal vez, más adelante, cuando sea grande, no sólo pueda leerlo sino también tener una comprensión más profunda de todo este asunto, de todo este deseo incómodo, de esta explosión hormonal que siento por ella cada vez que rozo su piel.

Sólo espero que para entonces, para el momento en que Lina lea esto,

ella sea madre de un nene hermoso. Me la imagino con una sonrisa, jugando con el pito de su nene de tres años, manoseándolo. Sí, claro, es un pensamiento ideal, bucólico. Un deseo. Otro más. Con una diferencia: este es un sentimiento que me deja muy cómodo, con el placer del deber cumplido. Un sentimiento que despeja definitivamente todo vestigio de pensamiento incómodo.

(febrero de 2011)

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