Eduardo Choque tiene 33 años y es jujeño. Cuando tenía 13, sus papás, que trabajan en la cosecha del tabaco, lo mandaron a Buenos Aires a la casa de una de sus hermanas (en total, son nueve), para que estudiara el secundario. Se recibió de técnico químico y siempre trabajó, de «sol a sol», para que a sus dos hijos chiquitos no les faltara el pan ni la leche: haciendo changas, en control de calidad de distintas empresas y como responsable de un depósito. Más allá de sus enormes esfuerzos, en estos años su familia no logró despegar de la pobreza.

Su caso es uno entre muchos. Según el informe El desafío de la pobreza en Argentina. Diagnóstico y perspectivas, presentado ayer, un 10% de la población de nuestro país son pobres crónicos, y el 47,9% de ellos tiene menos de 15 años. Algunas características de este grupo son que la mayoría de los hombres trabajan -sobre todo, en empleos precarios e inestables-, que las familias tienen entre dos y tres hijos y que, aunque muchos viven en villas y asentamientos, otros logaron mejorar sus viviendas y acceder a servicios básicos.

Sin embargo, representan la cara más dura de una realidad que golpea: se estima que aún con un crecimiento económico moderado en el tiempo, con períodos de alto empleo y mayor prosperidad general, sus condiciones de vida permanentemente bajas no cambiarían. Los pobres crónicos lo son durante toda o gran parte de su vida y tienen grandes posibilidades de «trasmitir» esa condición a la siguiente generación.

El informe, elaborado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), junto al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas), pone el foco sobre un concepto muy utilizado en el debate público, pero en el que no siempre se indaga: el de pobreza crónica o «núcleo duro» de la marginalidad.

«Decidimos focalizarnos en un indicador relativo de la pobreza: el 10% más pobre en todos los momentos de la historia. Queremos que la discusión se centre en las características de estas personas y en qué políticas públicas podrían sacarlos de esa situación», explica Gala Díaz Langou, directora del Programa de Protección Social de Cippec.

El trabajo detalla que muchas familias logran superar el umbral de vivienda deficitaria y situación de saneamiento y envían a sus hijos a la escuela, por lo que no son clasificadas como población con necesidades básicas insatisfechas (NBI), pero tienen un conjunto de características estructurales que las vuelven extremadamente vulnerable

Luchar por un futuro

Eduardo empezó a trabajar cuando estaba en la secundaria. «Mientras estudiaba, hacía lo que saliera: desde changas como ayudante de albañil hasta viajar en el verano a la cosecha de uva en Mendoza o de tabaco en Jujuy», cuenta. Cuando terminó la escuela, tuvo salidas y entradas en distintos empleos, algunos en blanco.

«Cuando me despidieron el año pasado de la empresa donde estaba, empecé a hacer changas como jardinero: hoy me mantengo de eso, corto el pasto en 30 casas de un country», dice. «En muchas empresas me juega en contra la edad: piden hasta 30 años. Se me cierran las puertas y me desanimo un poco, pero siempre estoy buscándole la vuelta», agrega.

Desde 2016, Eduardo vive en el barrio Agustoni, un asentamiento en Pilar, con su mujer Vanesa (32), sus dos hijos Alan (6) e Eithan (2), y su suegro, Ricardo (60). «Cuando llegamos la casa era solo una habitación, sin baño, sin pozo, sin agua, sin nada», recuerda. Hoy, la vivienda, construida con mucho esfuerzo en parte en material y en otra con maderas y techo de chapa, tiene agua y pozo ciego.

Como en su caso, en los hogares con pobreza crónica el 92,8% de los varones tienen algún tipo de empleo. «Sin embargo, tienen una inserción precaria en el mercado de trabajo: un empleo informal sin acceso a una jubilación ni cobertura de salud, con muchas entradas y salidas al desempleo», aclara Díaz Langou, y agrega: «En la mayoría de los casos son changas que generan ingresos inestables».

Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, sostiene que la sociedad argentina tiene grandes prejuicios sobre la pobreza: desde que no quieren trabajar hasta que viven de planes sociales. «Se considera, desde una construcción cultural, que se es pobre por autorresponsabilidad, porque se es vago, porque no se han puestos los esfuerzos suficientes», dice. Es un prejuicio «de una sociedad que tiene como guía la meritocracia, aunque, contrariamente, gran parte de las clases medias no lo son porque se lo merecen, sino porque heredaron esos capitales culturales, sociales y económicos que les permiten estar en esa situación».

El especialista asegura que ningún hogar, en este momento del país, vive solo de programas sociales. «De ninguna manera son vagos: hay mucho trabajo y mucho estrés y depresión, ya que son empleos con alta vulnerabilidad a la afectación física y psicológica de la salud. El problema es que no hay demanda para este tipo de trabajos: hay una población sobrante a un sistema económico que no la necesita», advierte.

Según el informe presentado ayer, sólo el 65% de los pobres crónicos declara tener un empleo fijo y alrededor del 35% un seguro de salud y algún derecho a recibir una jubilación. De hecho, el único grupo para el que la inserción en el mercado de trabajo es mayor entre los pobres crónicos es el de los adultos mayores: mientras que la protección social extendida permite a gran parte de la población jubilarse, esa posibilidad es ajena al estrato más vulnerable.

Con respecto al nivel educativo, el 89,3% de los jóvenes en situación de pobreza crónica asiste al secundario, pero prácticamente ninguno posee un nivel educativo superior.

¿Cuántas son las generaciones que arrastra la pobreza crónica? Desde Cippec aclaran que en la Argentina, la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) permite seguir a una persona durante poco más de un año, un lapso demasiado corto como para evaluar si sus carencias son crónicas o transitorias. Por eso, la propuesta del trabajo es asociar pobreza crónica con alta vulnerabilidad: aquellos cuyas características son tales que es muy improbable que eviten situaciones de pobreza de ingreso, aun en periodos económicos favorables.

Por otro lado, según un reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en la Argentina, el promedio de generaciones que se necesitan para que alguien nacido en el estrato más pobre alcance la media de la sociedad, es de seis.

«Cuando me mudé a este barrio, a las dos semanas me accidenté y me quedé con muletas. Llegó un momento en que me faltaba la leche y me puse a llorar porque mis hijos me pedían y no tenía plata», recuerda Eduardo. «Era un día con lluvia y salí, con las muletas y una mochila, a vender películas. Volví con un asado. Ahí me di cuenta que podía, aún con muletas, hacer mucho más de lo que creía».

Hoy sueña con terminar su casa, que sus hijos estudien y consigan un trabajo estable. «Enseñarles que en la vida todo se puede, más teniendo a sus padres junto a ellos: siempre vamos a estar para apoyarlos y darles lo mejor», concluye Eduardo.

El crecimiento económico no será suficiente para vencer la pobreza

Según el informe presentado ayer, aún si la Argentina alcanzara una década de crecimiento económico ininterrumpido del 3% anual -que en perspectiva histórica sería un logro inédito-, es difícil que la proporción de pobres caiga debajo del 15%. Ésa es una de las conclusiones más alarmantes del estudio. «El crecimiento económico es una herramienta necesaria pero no suficiente para alcanzar una reducción de la pobreza que sea consistente con las expectativas sociales», señala Gala Díaz Langou, de Cippec.

El trabajo destaca que, en principio, el núcleo duro de la pobreza sería capaz de superar su estado de carencias crónicas mediante dos caminos: o con intervenciones muy ambiciosas de políticas públicas que aseguren avances significativos en varias direcciones -ingresos, empleo, vivienda, educación, entre otras- o como resultado de un crecimiento económico inusualmente alto, sostenible por muchos años e inclusivo, que genere oportunidades de empleo para todos los segmentos de la población.

«En los próximos cuatro años, si logramos crecer al 3% anual, algo que nunca ocurrió hasta ahora, la pobreza por ingresos sería del 26%: en vez de un tercio de la población, un cuarto de los argentinos seguiría viviendo en esas condiciones», sostiene Díaz Langou.

Para la referente de Cippec, es necesaria una estrategia integral de reducción de la pobreza que tiene que ser liderada por el Estado nacional pero incorporar la participación de las provincias, los municipios y de otros actores como el sector privado, los sindicatos, los movimientos sociales, la sociedad civil y grupos religiosos.

«Tuvimos siete reuniones de cocreación de una serie de recomendaciones donde participaron más de 90 personas de distintos grupos», señala la especialista. Y agrega: «Así surgieron las Metas Estratégicas para Transformar la Argentina (META), centradas en tres grandes ejes» .

Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, considera que una de las claves que resolvería «una parte los problemas en el corto y mediano plazo» es la creación de empleos en la micro, pequeña y mediana empresa, capaz de absorber a poblaciones con bajos niveles de calificación y de darles una oportunidad de trabajo o empleo digno. «Eso implícale fomento a la capacidad de inversión y tecnología de esas empresas», sostiene.

En segundo lugar, Salvia considera clave la educación: «Necesitamos escuelas ricas para pobres: primarias y secundarias vinculadas a salidas laborales directas para los sectores populares, de alta calidad y eficiencia». En tercer lugar, promover «hábitat dignos, de socialización y crianza capaces de generar no solo agua corriente y cloacas para las poblaciones pobres, sino también un contexto de recreación y socialización mucho más integrador».

En plena campaña electoral, Díaz Langou opina: «Hay un consenso desde lo discursivo de la necesidad de jerarquizar la pobreza y las políticas que podrían contribuir a su reducción, pero no hay mucha profundidad en el cómo. Sería crucial sobre todo de cara a los debates presidenciales que estos temas se profundicen y se entienda mejor dónde están las posiciones de las distintas fórmulas».

LAS PROPUESTAS PARA ABORDAR LA PROBLEMÁTICA

  • Garantizar los ingresos de las familias en situación de pobreza

Incluye mejorar las políticas de empleo y fortalecer las de apoyo a la economía popular y el autoempleo. Para Cippec, es clave entender que no todas las familias pueden insertarse en empleos decentes en el corto plazo y hay que garantizar que estén cubiertas por la protección social, poniendo el foco en las que tienen niños y niñas. Eso requiere universalizar y fortalecer los montos de las transferencias monetarias. Además, es necesario ampliar los espacios de crianza, enseñanza y cuidado

  • Potenciar el desarrollo humano y el hábitat

Desarrollar políticas de retención y revinculación educativa, dado que los sectores más vulnerables tienen menos chances de terminar el secundario. Además, potenciar las políticas dirigidas a reducir el embarazo no intencional en la adolescencia, ya que el 70% se dan en los sectores más vulnerables. También, mejorar los estándares de calidad de las políticas alimentarias: los adolescentes en situación de pobreza tienen un 30% más de probabilidades de tener sobrepeso u obesidad. Por último, potenciar el acceso a la vivienda con políticas ligadas a créditos y préstamos, pero también mejorando los servicios básicos: solamente el 30% de los hogares en pobreza crónica tiene acceso a cloacas

  • Garantizar la institucionalidad y el financiamiento de estas políticas

Para esto se requiere jerarquizar un órgano rector que podría ser el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales. Sin embargo, desde Cippec consideran que tiene que tener una mayor capacidad de liderazgo político, de control presupuestario y de articulación entre los distintos ministerios y con las provincias. Además, es necesario asegurar la inversión detrás de estas políticas con un blindaje a aquellas que son más efectivas para reducir la pobreza, que esté basado en un sistema tributario más progresivo y un fondo contracíclico que permita invertir en los momentos más recesivos de la economía

fuente LA NACION

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